Jesús visita a Marta y María

Aconteció que, yendo de camino, entró en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra.
Marta, en cambio, se preocupaba por muchos quehaceres y, acercándose, dijo:
_Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude.
Respondiendo Jesús, le dijo:
_Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria, y María a escogido la buena parte, la cual no le será quitada.

Lucas 10:38-41 RV95

Al estar aquí

Al estar en la presencia de tu divinidad
y al contemplar la hermosura de tu santidad,
mi espíritu se alegra en tu majestad
Te adoro a tí… te adoro a tí.

Cuando veo la grandeza de tu dulce amor
y compruebo la pureza de tu corazón,
mi espíritu se alegra en tu majestad
Te adoro a tí… te adoro a tí.

CORO:
Y al estar aquí delante de ti te adoraré.
Postrado ante tí mi corazón te adora oh Dios.
Y siempre quiero estar para adorar y contemplar tu santidad.
Te adoro a tí Señor, te adoro a tí.

Marcos Witt

La agencia libre de Cristo

“Vino luego a Betsaida; y le trajeron un ciego, y le rogaron que le tocase…” (Marcos 8:22-25)

Los hombres llegan a Cristo por diferentes procesos: Uno es hallado por Cristo, otro viene a El, otro es llevado por cuatro; y otro, un ciego, es conducido por la mano. La manera no importa, con tal de que cada uno llegue a El.

I. Es flaqueza de fe esperar la bendición de una manera fija.

“Le pidieron que le tocase”
1. A veces nos imaginamos que la liberación de las dificultades tiene que venir de la manera que nos hemos imaginado.
2. Buscamos la santificación por aflicciones o por un éxtasis especial.
3. Esperamos que el despertamiento ha de tener lugar de un modo estereotipado.

II. Aunque nuestro Señor honra la fe, no se somete a sus flaquezas.

Jesús no hizo nada ante la vista de ellos, sino que le condujo fuera de la ciudad. No quiso ceder a las exigencias de su curiosidad. No le curó instantaneamente como ellos esperaban. Usó un medio que ellos no habían pensado. Puso saliva sobre sus ojos, etc.
1. De este modo rehusó fomentar la superstición que limitaba su poder.
2. Usó un método más adecuado al caso.

III. Aunque nuestro Señor rechaza la flaqueza, honra la fe.

1. El ciego consintió en ser llevado por la mano y Jesús le llevó lejos.
2. Sus amigos habían pedido que le devolviese la vista y el Señor se la dio. Si oramos con fe, El estará de acuerdo con nosotros.

¿Es médico el enfermo, que quiere escoger el remedio? Madam Swetchine

La gente es muy propia a tratar de imponer sus ideas preconcebidas, como hallamos en el caso de Naamán. Encontré en cierta ocasión a una joven a la cual expliqué el camino de salvación por la fe sola. Ella tardaba en aceptarlo y aun en entenderlo; pero cuando por fin lo comprendió, el gozo llenó su corazón y exclamó sorprendida: “Nunca hubiera pensado que las personas pudiesen encontrar la paz de este modo tan sencillo”
“¿Por qué no?”, le pregunté. A lo que ella respondió con energía: “Yo siempre había creído que se tenía que pasar por el infierno para alcanzar el cielo. Mi padre estaba tan desesperado que tuvieron que encerrarle en un manicomio por seis meses, y cuando salió, entonces, al fin, llegó a convertirse”_ C.H.S.

Apuntes de sermones. C.H.Spurgeon. Sermón 107

La trascendencia de la conciencia

Toda libertad tiene un “de qué” y un “para qué”. Si preguntamos “de qué” es libre el hombre, la respuesta es: de ser impulsado, es decir que su yo tiene libertad frente a su ello; en cuanto a “para qué” el hombre es libre, contestaremos: para ser responsable. La libertad de la voluntad humana, consiste, pues, en una libertad de ser impulsado para ser responsable, para tener conciencia.
Este hecho, con su doble aspecto, lo viene a describir del mejor modo posible la sencilla frase imperativa de María Von Ebner-Eschenbach: “Sé dueño de tu voluntad y siervo de tu conciencia”. De esta frase, de esta exigencia ética, vamos nosotros a explicar lo que entendemos por trascendencia de la conciencia.
“Sé dueño de tu voluntad…” Dueño de mi voluntad lo soy ya por el hecho de ser hombre, pero con la condición al mismo tiempo de entender debidamente este mi ser hombre, de comprenderlo precisamente como ser libre, de concebir todo mi ser existente como plenamente ser responsable. Empero si además he de ser “siervo de mi conciencia”, más aún, si he de poderlo ser en absoluto, la conciencia entonces debe ser otra cosa, algo distinto de mi mismo: tiene que ser algo que esté por encima del hombre, este hombre que escucha “la voz de la conciencia”; tiene que ser algo extrahumano. Dicho de otra manera, sólo podré ser siervo de mi conciencia si, al entenderme a mí mismo, entiendo esta última con un fenómeno que trasciende mi mero ser hombre, y por tanto me comprendo a mí mismo, comprendo mi existencia, a partir de la trascendencia. Así pues, no he de concebir el fenómeno de la conciencia simplemente en su facticidad psicológica, sino en su trascendencia esencial: sólo puedo por tanto ser propiamente “siervo de mi conciencia” cuando el intercambio de ésta es un auténtico diálogo, por consiguiente, más que un mero monólogo, cuando mi conciencia es algo más que mi propio yo, cuando es portavoz de algo distinto de mí mismo.
¿Nos equivocamos, pues, en nuestro modo de expresarnos cuando hablamos de una voz de la conciencia? Porque, según lo dicho, la conciencia no podría “tener voz”, ya que ella misma “es” voz: voz de la trascendencia. Esta voz la escucha el hombre solamente, pero no precede de él; al contrario, sólo el carácter trascendente de la conciencia nos permite comprender por vez primera al hombre, y en especial su personalidad, en un sentido profundo. A esta luz la expresión “persona” vendría a adquirir un nuevo significado, puesto que ahora podríamos decir que en la conciencia de la persona humana per-sonat (resuena, retumba, se deja oír con estrépito) una instancia extrahumana. Esta instancia extrahumana ha de ser forzosamente de carácter personal.
Del mismo modo que el ombligo humano considerado por sí mismo no parecería tener sentido, porque ha de entenderse solamente a partir de la “prehistoria” del hombre o, mejor todavía, de su historia antes de nacer, y considerarse como un “resto” en el hombre que trasciende a este último y lo remite a su procedencia del organismo materno en que fue formado, así también la conciencia sólo puede entenderse en su sentido pleno cuando la concebimos remitiéndola a su origen trascendente. Mientras contemplemos al hombre dentro de la ontogenia biológica como un individuo considerado en sí mismo, sin tratar de comprenderlo a partir de sus orígenes, no nos será posible entender todos los aspectos de su organismo.
La conciencia sólo se nos hace comprensible a partir de una región extrahumana, y sólo, por lo tanto, propia y plenamente cuando comprendemos al hombre en su condición de “criatura”, de tal modo que podemos decir: Como señor de mi voluntad soy creador, como siervo de mi conciencia soy criatura. En otras palabras, para explicar la condición humana de ser libre basta la existencialidad; para explicar la condición humana de ser responsable debo empero remitirme a la trascendentalidad del “tener conciencia”

Se ha dicho que la conciencia es la voz de la trascendencia y que, ella misma es trascendente. Así pues, el hombre irreligioso no es sino aquel que ignora esta trascendencia de la conciencia. Porque también el hombre irreligioso tiene, en efecto, conciencia, también él tiene responsabilidad; sólo que no se pregunta más allá, no pregunta ni por el “ante qué” de su responsabilidad ni por el “de dónde” de su conciencia. Mas esto no debe extrañarnos:
En el Primer Libro de Samuel (3:2-9) se describe cómo el joven Samuel dormía una noche en el templo al lado del sumo sacerdote Elí. De repente lo despierta una voz que lo llama poe su nombre. Entonces se levanta y se dirige a Elí para preguntarle qué es lo que quiere de él; pero el sumo sacerdote, que no era quien le había llamado, le mandó que se vuelva a acostar. Lo mismo se repite por segunda vez, y sólo a la tercera el sumo sacerdote aconseja al muchacho que, si oye que de nuevo lo llaman por su nombre, se levante y diga: “¡Habla, Señor, que tu siervo escucha!”
Incluso, pues, el profeta, siendo todavía un adolescente, ignora como tal la llamada que le viene de la trascendencia. ¿Cómo podrá un hombre ordinario reconocer sin más el carácter trascendente de esa voz con que le habla su conciencia? ¿Y cómo habrá de extrañarnos que en general no vea en esa voz que resuena en él sino algo fundamentado en su propio ser?
El hombre irreligioso es, por consiguiente, aquel que acepta su conciencia en la facticidad psicológica de ésta, el que ante este hecho prácticamente se detiene en lo mero inmanente, se para, por decirlo así, antes de tiempo. En efecto, considera la conciencia como una cosa última, como la última instancia ante la cual ha de sentirse responsable. Sin embargo, la conciencia no es el último “ante qué” del ser responsable; no es una “ultimidad”, sino una “penultimidad”. El hombre irreligioso se ha detenido antes de tiempo en su camino en busca de sentido porque no ha ido, no ha preguntado más allá de la conciencia. Es como si hubiera llegado a la cumbre inmediatamente inferior a la más alta. ¿Por qué no sigue adelante? Porque no quiere dejar de seguir teniendo “tierra firme bajo sus pies”; porque la verdadera cima se esconde a su vista, se halla oculta por la niebla, y en esta niebla, en esto desconocido, nuestro hombre no se atreve a internarse. A ello sólo se atreve precisamente el hombre religioso. ¿Qué puede sin embargo impedir que ambos, allí donde uno se queda parado y el otro se decide a emprender la ruta final, se despidan mutuamente sin rencor?
Justamente el hombre religioso debiera también ser capaz de respetar esta decisión negativa de su semejante; debiera no sólo reconocerla como posibilidad de principio, sino igualmente aceptarla como realidad de hecho. Porque precisamente el hombre religioso ha de saber que la libertad de tal decisión ha sido querida, creada por Dios; en efecto, hasta tal punto el hombre es libre, ha sido hecho libre por su Creador, que esta libertad es una libertad hasta el no, va tan lejos que la criatura puede decidirse aun en contra de su propio Creador, puede incluso negar a Dios.
A decir verdad, el hombre a veces se contenta con negar solamente el nombre de Dios; con arrogancia habla entonces de “lo divino” o de “la divinidad”, y aun a esta última preferiría dar un nombre particular u ocultarla a toda costa con expresiones vagas y nebulosas de tintes panteístico. Pues así como se requiere un poco de valentía para confesar abiertamentente algo,, una vez que se ha conocido, también se requiere un poco de humildad para llamar a eso mismo con la palabra que los hombres vienen utilizando desde hace miles de años; simplemente con la palabra: Dios.

Del Libro: La presencia ignorada de Dios. Viktor Frankl

Amor y poder

En el libro In Season, Out of Season [En temporada y fuera de temporada], Jacques Ellul, el sociólogo francés ya fallecido, reflejó su larga y productiva vida. Al mirar hacia atrás, vio que su pensamiento y sus acciones provenían de dos caminos paralelos. En el camino secular más activista, fue pionero en la Resistencia Francesa, trabajó en el gobierno de la ciudad y en causas ambientales. En el campo espiritual, la fe cristiana de Ellul encontró la expresión en la vida devocional y en el servicio como pastor y profesor de seminario. Sin embargo, con un tono de desilusión, admitió que jamás ligró unir los dos caminos de forma satisfactoria.
La desilusión de Ellul se desarrolló en los pasillos del poder, durante los períodos como líder denominacional y político. Las experiencias que tuvo allí provocaron que se cuestionara si el cambio vendría alguna vez del interior de las instituciones.
_¿Puede alguna estructura transmitir el amor cristiano y compasión?_ preguntó Ellul.
El leer acerca de su lucha me puso a pensar sobre la amplia grieta que separa al poder del amor.
Si pudiéramos hacer un mapa de la historia de la iglesia cristiana en un gráfico tan simple y revelador como el de un informe del mercado de valores, veríamos incrementos enormes en el poder de la iglesia. Primero la fe cristiana conquistó el Cercano Oriente, después Roma y luego toda Europa. Seguidamente se propagó al Nuevo Mundo y finalmente a África y Asia. Sin embargo, lo más extraño de todo, los picos de éxito y poder terrenal también marcan los picos de intolerancia y crueldad religiosa, aquellas manchas en la historia de la iglesia de las que estamos avergonzados en la actualidad. Conquistadores que convirtieron al Nuevo Mundo a punta de espada, y exploradores cristianos en África que cooperaron con el comercio de esclavos… aún sentimos las réplicas de sus errores.
A lo largo de historia cristiana, el amor ha tenido una coexistencia difícil con el poder. Por esta razón me preocupo por el incremento de poder en el movimiento evangélico. Una vez fuimos ignorados o despreciados. En la actualidad se mencionan con frecuencia en las noticias y son cortejados por todo político sabio, al menos por cada político republicano sabio. Varios movimientos políticos han aparecido de forma repentina con un aroma distintivo para ellos. Encuentro esta tendencia alentadora y alarmante. ¿Por qué alarmante? Independientemente del valor de un tema determinado (ya sea el lobby a favor de la vida de la derecha o de la izquierda por asuntos ambientales), los movimientos políticos se arriesgan a quedar cubiertos con el manto del poder que sofoca el amor. Un movimiento por naturaleza traza líneas, hace distinciones, emite juicios; en contraste, el amor borra las líneas, vence la distinción y dispensa gracia.
Bajo ningún punto de vista llamo a adoptar una postura de ostracismo, de esconderse de los temas que confrontan a los cristianos con la sociedad. Se deben confrontar, dirigir y legislar. Pero las palabras de Pablo continuan persiguiéndome: “Si hablo en lenguas humanas y angélicales (…) Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo el conocimiento, pero me falta el amor, no soy nada” (2 Corintios 13: 1-2). De alguna forma, a menos que nuestro poder sea para corroer como aquel de los líderes religiosos bien intencionados que nos precedieron, debemos acercar el poder con humildad, temor y amor que consuma a nuestros receptores.
Jesús no dijo: “Todos sabrán que son mis discípulos… si aprueban leyes, sofocan la inmoralidad y restauran la decencia a la familia y al gobierno”, sino más bien: “si se aman los unos a los otros” (Juan 13:35)
Declaró esta afirmación, por supuesto, la noche antes de su muerte.
Jamás los estilos contrastantes del poder de Dios y el poder humano se habían desplegado de forma tan abierta. El poder del imperio romano y todas las fuerzas de las autoridades religiosas judías, colisionaron de frente con el poder de Dios.
De forma sorprendente, en ese momento, Dios escogió el camino de la debilidad deliberada. Podía haber llamado a diez mil ángeles, pero no lo hizo. Mientras miro hacia atrás, hacia esa noche oscura y también hacia otras noches oscuras de la historia, me maravillo frente a la restricción que Dios mostró.
Creo que Dios se contuvo a sí mismo por una razón: sabe la limitación inherente de cualquier forma de poder. Puede hacer todo, excepto lo más importante. No puede forzar el amor. En un campo de concentración, como tantos han contado testimonios conmovedores, los guardias tenían el poder final y podían forzar cualquier cosa. Podían hacer que uno renunciara a Dios, maldijera a la familia, trabajara sin recibir paga, comiera excremento humano, matara y después enterrara a su mejor amigo… o incluso a su propio hijo. Todo esto se encuentra dentro de su poder. Hay una sola cosa que no está: el amor. No pueden forzarte a que los ames.
El amor no funciona de acuerdo a las reglas del poder, y jamás puede forzarse. Es un hecho, podemos vislumbrar el hilo de la razón detrás del uso (o del no uso) de poder de Dios. Está interesado en una sola cosa de nosotros: nuestro amor. Esa es la razón por la cual nos creó. Y ningún despliegue pirotécnico de omnipotencia alcanzará eso, solo su vaciamiento final para unirse a nosotros y después morir por nosotros. En este punto está el amor.
Cada niño de la escuela dominical puede citar la teología más profunda: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito”. Y, cuando todo eso se evapora, queda lo que realmente es el evangelio cristiano, no una demostración de poder sino una demostración de amor.

Del libro: Me pregunto ¿por qué?. Philip Yancey

El Cielo Gobierna

Nabucodonosor, rey, a todos los pueblos, naciones y lenguas que moran en toda la tierra: Paz os sea multiplicada.
Conviene que yo declare las señales y milagros que el Altísimo ha hecho conmigo. ¡Cuán grandes son sus señales y cuán potentes sus maravillas! Su reino, reino sempiterno; su señorío, de generación en generación.
Yo, Nabucodonosor, estaba tranquilo en mi casa, floreciente en mi palacio. Tuve un sueño que me espantó; tendido en la cama, las imaginaciones y visiones de mi cabeza me turbaron. Por esto mandé que vinieran ante mí todos los sabios de Babilonia para que me dieran la interpretación del sueño. Vinieron magos, astrólogos, caldeos y adivinos, y les conté el sueño, pero no pudieron dar su interpretación, hasta que entró ante mí, Daniel, cuyo nombre es Belsasar, como el nombre de mi dios, y en quien mora el espíritu de los dioses santos. Conté delante de él el sueño, diciendo: Belsasar, jefe de los magos, ya que he entendido que hay en tí espíritu de los dioses santos y que ningún misterio se te esconde, declárame las visiones de mi sueño que he visto, y su interpretación. Estas fueron las visiones de mi cabeza mientras estaba en mi cama: Me parecía ver en medio de la tierra un árbol cuya altura era grande. Creía este árbol, y se hacía fuerte, y su copa llenaba hasta el cielo y se le alcanzaba a ver desde todos los confines de la tierra. Su follaje era hermoso, su fruto abundante y había en él alimento para todos. Debajo de él, a su sombra, se ponían las bestias del campo, en sus ramas andaban las aves del cielo y se mantenía de él todo ser viviente. Vi en la visiones en mi cabeza, mientras estaba en mi cama, que un vigilante y santo descendía del cielo. Clamaba fuertemente y decía así:
Derribad el árbol y cortad sus ramas, quitadle el follaje y dispersad su fruto; váyanse las bestias que estän debajo de él, y las aves de sus ramas. Mas la cepa de sus raíces dejarán en tierra, con atadura de hierro y bronce entre la hierba del campo; que lo empape el rocío del cielo, y con las bestias sea su parte entre la hierba de la tierra. Su corazón de hombre sea cambiado y le sea dado corazón de bestia, y pasen sobre él siete tiempos. La sentencia es por decreto de los vigilantes y por dicho de los santos la resolución, para que conozcan los vivientes que el Altísimo gobierna el reino de los hombres, que a quien quiere él lo da, y constituye sobre él al más bajo de los hombres.
Yo, el rey Nabucodonosor, he visto este sueño. Tú, pues, Belsasar, darás su interpretación, porque ninguno entre los sabios de mi reino lo ha podido interpretar; pero tú puedes, porque habita en ti el espíritu de los dioses santos.
Entonces Daniel, cuyo nombre era Belsasar, quedó atónito casi una hora, y sus pensamientos lo turbaban. El rey habló y dijo:
_Belsasar, no te turben el sueño ni su interpretación.
Belsasar respondió y dijo:
_Señor mío, el sueño sea para tus enemigos y su interpretación para los que mal te quieren. El árbol que viste, que crecía y se hacía fuerte, cuya copa llegaba hasta el cielo, que se veía desde todos los confines de la tierra, cuyo follaje era hermoso y su fruto abundante, en el que había abundante alimento para todos, debajo del cual vivían las bestias del campo y en cuyas ramas anidaban las aves del cielo, tu mismo eres, oh rey, que creciste y te hiciste fuerte, pues creció tu grandeza y ha llegado hasta el cielo, y tu dominio hasta los confines de la tierra. En cuanto a lo que vio el rey, un vigilante y santo que descendía del cielo y decía: Cortad el árbol y destruidlo; mas la cepa de sus raíces dejaréis en la tierra, con atadura de hierro y de bronce en la hierba del campo; que lo empape el rocío del cielo, y con las bestias del campo sea su parte hasta que pasen sobre él siete tiempos, esta es la interpretación, oh rey, y la sentencia del Altísimo, que ha venido sobre mi Señor, el rey:
Que te echarán de entre los hombres y con las bestias del campo será tu habitación, con hierba del campo te apacentarán como a los bueyes y con el rocío del cielo serás bañado; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que reconozcas que el Altísimo tiene dominio en el reino de los hombres, y que lo da a quien él quiere. Y en cuanto a la orden de dejar en la tierra la cepa de las raíces del mismo árbol, significa que tu reino te quedará firme, después que reconozcas que es el cielo el que gobierna. Por tanto, oh rey, acepta mi consejo: redime tus pecados con justicia, y tus iniquidades haciendo misericordias con los oprimidos, pues tal vez será eso una prolongación de tu tranquilidad.
Todo esto vino sobre el rey sobre el rey Nabucodonosor: Al cabo de doce meses, paeando por el palacio real de Babilonia, habló el rey y dijo: ¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad? Aún estaba la palabra en la boca del rey, cuando vino una voz del cielo: A ti se te dice, rey Nabucodonosor: El reino te ha sido quitado; de entre los hombres te arrojarán, con las bestias del campo será tu habitación y como a los bueyes te apacentarán; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que reconozcas que el Altísimo tiene el dominio en el reino de los hombres, y lo da a quien él quiere.
En la misma hora se cumplió la palabra sobre Nabucodonosor: Fue echado de entre los hombres, comía hierba como los bueyes y su cuerpo se empapaba del rocío del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águila y sus uñas como las de las aves.
Al fin del tiempo, yo, Nabucodonosor, alcé mis ojos al cielo y mi razón me fue devuelta; bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre:
Su dominio es sempiterno; su reino por todas la edades. Considerados como nada son los habitantes todos de la tierra; él hace según su voluntad en el ejército del cielo y en los habitantes de la tierra; no hay quien detenga su mano y le diga: ¿Qué haces?
En el mismo tiempo mi razón me fue devuelta, la mejestad de mi reino, mi dignidad y mi grandeza volvieron a mí, y mis gobernadores y mis consejeros me buscaron; fui restaurado a mi reino, y mayor grandeza me fue añadida.
Ahora yo. Nabucodonosor, alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia.

Daniel-capítulo 4

Dios y los límites

El concepto de límites proviene de la misma naturaleza de Dios. Dios se define como un ser único e independiente, con responsabilidad propia. Define y asume la responsabilidad de su persona al decirnos lo que piensa, siente, planifica, permite y no permite, lo que le agrada y lo que le desagrada.
También se define como diferente de su creación y de nosotros. Se diferencia de los demás. Nos dice lo que es y no es. Por ejemplo, nos dice que es amor y que no es oscuridad (1 Juan 4:16; 1:5).
Además, tiene límites dentro de la Trinidad. Padre, Hijo y Espíritu Santo son uno; pero al mismo tiempo, cada uno es una persona distinta y tiene sus respectivos límites. Cada uno tiene su propia personalidad y responsabilidades, así como también una conexión y amor entre sí (Juan 17:24).
Dios también pone límites a lo permitido dentro de su jardín. Le hace frente al pecado y permite las consecuencias por el comportamiento. Cuida de su casa y no permite que la maldad prospere en ella. Invita a entrar a todos los que le aman, y deja que su amor se derrame en ellos al mismo tiempo. Las “puertas” de sus límites se abren y se cierran oportunamente.
De la misma manera que nos entregó su “semejanza” (Génesis 1:26), nos entregó una responsabilidad personal dentro de ciertos límites. Quiere que “gobernemos y subyuguemos” la tierra y que seamos mayordomos responsables de la vida que nos encomendó. Para ello, necesitamos desarrollar límites similares a los de Dios.

Ejemplo de límites

Un límite es cualquier cosa que nos permita diferenciarnos de otra persona o nos muestra dónde comienza y termina nuestro ser. A continuación damos algunos ejemplos de límites.

La piel

La piel es el límite principal que nos define. La gente suele usar este límite metafóricamente para decir que sus límites personales han sido violados: “Tengo que salvar mi pellejo” El cuerpo físico es lo primero que aprendemos a diferenciar de los demás. En la infancia, lentamente aprendemos que somos diferentes de nuestra madre y de nuestro padre que nos acarician.
El límite de la piel mantiene lo bueno por dentro y lo malo por fuera. Protege nuestra sangre y huesos, manteniéndolos ligados en nuestro interior. También nos protege de las infecciones, impidiendo la entrada de gérmenes del exterior. Al mismo tiempo, la piel tiene aberturas para permitir la entrada de lo “bueno”, como el alimento, y la salida de lo “malo”, como los desechos.
Las víctimas de abuso físico o sexual suelen tener el sentido de los límites empobrecido. En los primeros años de vida aprendieron que su propiedad no comenzaba en la piel. Otras personas podían invadir su propiedad y hacer lo que se les antojara. Como resultado, tiene dificultad para establecer límites cuando llegan a la edad adulta.

Las palabras

En el mundo físico, los límites suelen estar señalados por vallas o alguna estructura. En el mundo espiritual, las vallas son invisibles. De todos modos, es posible crear sólidas vallas protectoras con nuestras palabras.
La palabra más demarcadora de un limite es no. Permite que otros entiendan que usted es una persona independiente y que tiene control de su ser. Ser claros sobre nuestro no, y nuestro sí, es un tema recurrente en la Biblia (Mateo 5:37; Santiago 5:12)
No es una palabra de enfrentamiento. La Biblia enseña que debemos enfrentarnos con las personas que amamos, diciéndoles: “De ningún modo, ese comportamiento no es aceptable. No participaré”. La palabra no también es importante para establecer límites en caso de abuso. Muchos pasajes de la Escrituras nos exhortan a rechazar la pecamonosidad de otras personas (Mateo 18:15-20).
La Biblia también nos advierte contra el dar a otros “de mala gana o por obligación” (2 Corintios 9:7). Las personas con límites débiles tienen mucha dificultad para rechazar el control, la presión, las exigencias y a veces las verdaderas necesidades de otros. Sienten que si dicen que no a alguien pondrán en pelogro la relación con esa persona: por lo que sumisamente acceden a sus peticiones, aunque en su fuero interno lo resienten. En ocasiones una persona puede obligarlo a hacer algo; en otras, la obligación puede venir de su propio sentido de lo que usted “debe” hacer. Si no sabe como decir no a esa fuerza externa o interna, perdió el control sobre su propiedad y no puede disfrutar el fruto del “dominio propio”.
Las palabras también definen su propiedad para los demás, cuando manifiesta sus sentimientos, intenciones o gustos. Es difícil que alguien conozca su postura si no define su propiedad verbalmente. Dios hace esto mismo cuando dice: “Esto me agrada; esto otro no me agrada” O “Haré esto y no haré esto otro”. Sus palabras permiten que la gente conozca sus opiniones y por tanto, les hace sentir los “límites” que lo ayudan a identificarse. “¡No me gusta que me grites de ese modo!” transmite un claro mensaje acerca de como se relaciona y permite a los demás conocer las reglas vigentes en su terreno.

La verdad

Conocer la verdad sobre Dios y su propiedad nos pone limitaciones y nos muestra los límites divinos. Entender la verdad de su realidad inmutable nos ayuda a definir nuestra relación con él. Por ejemplo, cuando leemos que hemos de cosechar lo que sembramos (Gálatas 6:7), podemos definirnos de acuerdo a esa realidad, o seguimos lastimando tratando de ir en su contra.
Estar en contacto con la verdad de Dios es estar en contacto con la realidad; y vivir de acuerdo con esa realidad posibilitará una vida mejor (Salmo 119:2,45).
Satanás tergiversa grandemente la realidad. Recuerden cuando tentó a Eva en el paraíso para que pusiera en duda los límites de Dios y su verdad. Las consecuencias fueron desastrosas. Siempre hay seguridad en la verdad, ya sea el conocimiento de la verdad de Dios como el conocimiento de la verdad sobre uno mismo. Las personas que intentan vivir fuera de sus propios límites tienen vidas desordenadas y tumultuosas, no aceptan ni manifiestan su verdadero ser. La franqueza con uno mismo constituye el valor bíblico de la integridad o unidad.

La distancia física

Proverbios 22:3 dice:”El prudente ve el peligro y lo evita”. A veces, alejarse físicamente de una situación puede permitirnos mantener los límites. Pueden hacerlo para reponerse física, emocional y espiritualmente después de haberse entregado hasta el límite, como tantas veces lo hizo Jesús.
Sirve también para guarecerse del peligro y restringir el mal. La Biblia nos exhorta a apartarnos de aquellos que continúan lastimándonos y a crearnos un lugar seguro. Al evitar dicha situación, el que quede atrás extrañará nuestra compañía y esto puede llevarlo a modificar su comportamiento (Mateo 18:17-18: 1 Corintios 5:11-13).
Muchas veces, en una relación abusiva, la única manera para que alguien entienda que nuestros límites son reales es crear una brecha entre ambos hasta que la otra parte se decida a enfrentar el problema. La Biblia apoya la idea de limitar la amistad íntima para “contener el mal”.

El tiempo

Librarse por un tiempo de una persona o proyecto, puede ser una manera de tomar nuevamente posesión sobre algún aspecto de la vida que se ha ido de las manos que necesita el establecimiento de límites. Los adultos infantiles que nunca se han desligado espiritual y emocionalmente de sus padres suelen necesitar separarse por un tiempo. Después de una vida de abrazos y protección (Eclesiastés 3:5-6), ahora temen dejar de abrazar y deshacerse de algunas formas inmaduras de relación. Necesitan pasar un tiempo levantando límites contra sus viejos modelos y creando nuevas maneras de relacionarse que pueden resultar por un tiempo alienante para los padres. Esta separación temporaria de sus padres será beneficiosa para su relación con ellos.

El distanciamiento emocional

El distanciamiento emocional es un límite pasajero que le da al corazón espacio suficiente para estar a salvo; no se trata nunca de una manera permanente de vivir. Las personas involucradas en relaciones abusivas necesitan encontrar un lugar seguro donde “descongelarse” emocionalmente. En ocasiones, en matrimonios abusivos el cónyuge maltratado necesita distanciarse emocionalmente hasta que el compañero abusivo se enfrente a su problema y sea nuevamente digno o digna de confianza.
Evite estar al alcance de quienes lo lastiman y decepcionan.
Quien haya vivido una relación abusiva, no debería regresar hasta que haya pasado el peligro y hasta que una verdadera conducta de cambio se haga patente. Muchas personas se apresuran a confiar en una persona en nombre del perdón, sin cerciorarse de que la persona esté produciendo “frutos que demuestren arrepentimiento” (Lucas 3:8). Continuar confiando emocionalmente en una persona abusadora o adicta sin notar un verdadero cambio es una tontería. Perdone, pero proteja su corazón hasta ver un cambio permanente y prolongado.

Otras personas

Es necesario depender de otros para poner y mantener los límites. Las personas sometidas a la adicción de otra persona, a su control o abuso, descubren que tras largos años de “amar demasiado”, solo pueden encontrar la energía para crear límites en un grupo de apoyo. El sistema de apoyo les da fuerza por primera vez en la vida para decir no al abuso y al control.
Para poner límites necesitamos de la ayuda de los demás por dos motivos. En primer lugar, la relación con otros es una necesidad básica en la vida. Las personas sufren mucho por mantener relaciones, y muchas toleran el abuso por temor a quedarse solas y al abandono de su pareja. Tienen miedo porque piensan que si ponen límites, no abrá amor en sus vidas.
Cuando aceptan el apoyo de los demás, sin embargo, encuentran que la persona abusadora no es la única fuente de amor en el mundo y que el sistema de apoyo les permite encontrar la fuerza para poner los límites que necesitan establecer. Ya no están solos. La iglesia de Cristo está ahí para fortalecerlos y ayudarlos a esquibar los golpes en su contra.
Necesitamos de otros, además, porque necesitamos nuevos aportes y enseñanza. La iglesia y la familia han enseñado a muchos que los límites no son bíblicos sino egoístas y mezquinos. Estas personas necesitan buenos sistemas de apoyo bíblicos para enfrentar la culpa transmitida por viejas “grabaciones” mentales que con engaños las mantienen cautivas. Necesitan del apoyo de los demás para enfrentar los viejos mensajes y la culpa que conlleva el cambio. Los límites no se crean en el vacío; crear límites siempre involucra una red de apoyo.

Las consecuencias

Invadir la propiedad privada tiene consecuencias. Los carteles que dicen: “Prohibido el paso” suelen prever una sanción para los intrusos. La Biblia enseña este principio vez tras vez, diciendo que si caminamos de determinada manera, esto sucederá; y si caminamos de esta otra manera, esto otro sucederá.
Del mismo modo que la Biblia fija consecuencias para ciertas conductas, necesitamos respaldar nuestros límites con consecuencias. ¿Cuántos matrimonios se habrían salvados si uno de los conyuges hubiese llevado a cabo su amenaza de “si no dejas de tomar (o “de venir a casa a medianoche”; o “de golpearme”; o “de gritar a los niños”), me voy y ¡no vuelvo hasta que comiences un tratamiento!” Cuántos adultos jóvenes tendrían una vida distinta si sus padres hubiesen puesto en práctica la amenaza de “no hay más plata si dejas este trabajo antes de conseguirte otro” o “si vas a seguir fumando maruhuana en esta casa, búscate otro lugar donde dormir”.
Pablo no está bromeando cuando en 1 Tesalonisenses 3:10 dice que si alguien no trabaja, que no coma. Dios no fomenta el comportamiento irresponsable. Pasar hambre es la consecuencia de la holgazanería (Proverbios 16:26).
Las consecuencias proporcionan “púas” filosas a los cercos alambrados. Permiten que los demás entiendan la gravedad que implica no respetar nuestros límites y cuánto nos respetamos como personas. Les enseña que valoramos nuestro compromiso de vivir acorde con principios beneficiosos y que lucharemos para cuidarlos y protegerlos.

Del libro: Límites. Dr. Henry Cloud/Dr. John Townsend.

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