Experiencia de un agente de policía

Experiencia de un agente de policía
 
"¿Qué aprovechará al hombre si ganare el mundo entero, y perdiere su alma?"(Marcos 8:36)
 
"En 1978 ingresé a la policía. Como todo agente de esa repartición nigeriana, tenía cierto poder y, como guardián de la ley, gozaba de algunos privilegios. La mayoría de mis colegas consideraba esto inherente a su puesto.
En abril de 1983 ocurrió un grave accidente entre dos automóviles en la autopista que va de Lagos, la capital, a la ciudad de Ibadan.
Dos personas fallecieron y tres resultaron gravemente heridas. Junto con un colega tomamos las disposiones pertinentes, y le pedí que transportara  los heridoas al hospital más cercano. En los accidentes mortales, el agente de servicio debe registrar los objetos que puedan ayudar a identificar a los difuntos. Al revisar el primer auto, dos objetos atrajeron mi atención: una billetera con 1000 nairas y una Biblia que no tenía inscrito nombre alguno. Como estaba solo, tuve tiempo para hacer desaparecer el dinero y la Biblia antes que volviera mi colega.
Semejante proceder formaba parte de "las ventajas" que le correspondían a un policía común. Dejé la Biblia en mi casa sobre una mesa y en menos de tres meses
gasté todo el dinero. Luego, me olvidé del asunto. Después de algún tiempo,    un
colega amigo vino a casa, hojeó la Biblia y leyó el pasaje de Marcos 8:36-37:"¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?     ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?"       De repente recordé en qué circunstancias había conseguido ese libro y la gran suma de dinero que tan rápidamente había malgastado; pero traté de echar todo al olvido".
 
"Una semana después – prosiguió el agente- durante mis vacaciones, encendí  la
radio. Se transmitía una conferencia cristiana, y el predicador había escogido para su disertación Marcos 8:36 "¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo  y perdiere su alma?"  Irritado la apagué. Sin embargo, no conseguía olvidar el pasaje bíblico. Finalmente, leí la Biblia durante la mayor parte de mi descanso.
Un amigo me aconsejó leer el evangelio de Juan y la epístola a los Romanos.    Me
pareció que había sido escrito para mí. Cierto día, cuando leía el tercer capítulo del evangelio de Juan, me sentí obligado a confesar mis pecados a Dios y a pedirle que me diera fe.   Desde entonces, empecé a ver la vida de otra manera.    Leí nuevamente los versículos 36-37 de Marcos 8 y tuve la convicción de que mi alma era más importante que un millón de nairas.
Finalizadas mis vacaciones, volví a mi trabajo. Durante dos semanas estuve pensando en renunciar a mi empleo. Pero un día, Dios me condujo hasta la casa de un creyente en la aduana. Éste me mostró que aún en ese cargo era posible vivir de acuerdo a las enseñanzas bíblicas, con tal que se acepte a Jesucristo como Amo y Señor de nuestra vida. Por mi nuevo comportamiento acreedor a     las burlas y afrentas de mis colegas. Pero, aprendí a consierar estas dificultades como parte de mi andar con el Señor. Como creyente, ya no podía ser un policía común".


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