¡No se llama INRI!

Tenía 17 años en 1968, cuando las pesadas puertas del pabellón psiquiátrico del hospital Mother Frances, en Tyler, Texas,se cerraban con llave detrás de mí. Por entonces tenía un auto convertible y una hermosa novia; tenía una beca como jugador de golf a nivel nacional; vivía en
una enorme casa en la que el segundo piso me pertenecía por completo:tenía dos dormitorios, dos baños y un escritorio. Tenía de todo.Pero perdí totalmente el juicio en ese ambiente, porque
tenía de todo lo externo, pero nada de lo interno.
Semanas antes, había buscado ayuda de mi padre, que había hecho una fortuna con el petróleo.
_¡Ayúdame, papá! _le había suplicado.
Pero mi padre era un alcohólico que no conocía a Jesús; su corazón estaba tan vacío como el mío.
Todo lo que hizo fue mirarme un instante sin poder creer, y luego exclamar exasperado:_Larry, cualquier muchacho que tiene lo que tu tienes, y se deprime es porque está en las drogas.
Mi madre, que si era creyente, acudió en mi defensa. _Mi hijo no se metería en las drogas _replicó ofendida por la acusación de mi padre. Debe tener un tumor cerebral, o algo por el estilo.
Durante ese período de terrible depresión, fui un domingo a la iglesia, buscando ayuda. Estaba tan desesperado que al final del culto caminé hacia el frente. Le dije al pastor:_señor, ¿tiene algo para
mi? Estoy perdiendo el juicio, y no sé cuál es la causa.
¿Saben lo que hizo el pastor? Simplemente me palmeó el hombro y me dijo: _Ya te sentirás mejor, hijo. Eres un buen muchacho. Ven, llena esta ficha.
Todo lo que mi padre podía ofrecerme era dinero, y todo lo que tenía la iglesia para mí era una ficha para llenar. No sabía dónde más recurrir, de manera que cuando mi madre insistió en que
debía ser alguna anomalía física, me rendí y fui al médico.
Después de exhaustivos exámenes que comprobaron que no había razonas físicas que explicaran mis profundos problemas emocionales, me admitieron en un hospital psiquiátrico, y entonces comenzó la ronda de pruebas psicológicas.
Poco después, el médico entró y en tono comprensivo me dijo:
"Estás deprimido, verdad? Esto te ayudará". Y me dio unos tranquilizantes. Cada cierto tiempo alguien venía y me daba esas pastillitas. Eso fue el final. Las últimas lucesitas de realidad se apagaron. Los médicos lo llamaban crisis nerviosa, pero en realidad se trataba de una "crisis moral". Yo era un pecador que no había entendido que Cristo había muerto por el pecado. No sabía que la vida podía tener un propósito.
Durante seis semanas que pasé en el hospital, ni siquiera vi el sol.Parte del tiempo lo pasaba en un estado de sopor provocado por las pastillas. Allí estaba, heredero de una fortuna, pero había perdido la razón. Con temor, mis desconsolados padres solicitaron mi admisión en el hospital psiquiátrico estatal. 
Pero antes de que me transfirieran, un día pasé distraído de mi habitación a la sala central, donde observé un crucifijo. Sintiendo curiosidad, lo quité de la pared y logré concentrar mis ojos y    mi mente en él lo suficiente para leer la inscripción en latín: INRI.
Sintiéndome muy confundido, anduve divagando por los pasillos de ese hospital católico, recolectando crucifijos y tratando de interpretar esas enigmáticas letras. Por supuesto, cuando las monjas me vieron con los crucifijos apretados contra el pecho, corrieron a recuperarlos. Con las monjas persiguiéndome a toda prisa, empecé a correr, y mis rezongos aturdidos se fueron ampliando hasta convertirse en alaridos:
"¡No se llama INRI…No se llama INRI! ¡Su nombre es Jesús!
Varios días más tarde, en mi habitación, parecí recobrar el sentido. Caí de rodillas y empecé a clamar: "¡Jesús! ¡Jesús! ¡Misericordioso Jesús! No era una oración muy religiosa que digamos.
Simplemente invocaba a Dios una y otra vez, suplicando, llorando, sollozando mientras lo nombraba.
De pronto sentí una voz interior que le hablaba a mi espíritu. Me dijo: "Ahora eres mi hijo. llevarás mi mensaje a esta generación. Serás mi portavoz y mi siervo". Luego la voz me dijo que podía levantarme e irme a casa.
Yo estaba bien, pero no podía marcharme porque estaba bajo llave. El médico llegó al día siguiente y me dijo en tono de rutina: _¿Cömo te va, Larry?
_Estoy mejor _le contesté.
Perplejo, el doctor vaciló un instante y luego me preguntó en tono práctico: _¿Por qué piensas que estás mejor ahora?
De la misma manera le respondí: _Porque ayer hablé con Dios.
 
Ese hospital psiquiátrico fue un extraño lugar para iniciar mi camino con el Señor, pero cuando clamé, Jesús entró por las puertas cerradas y las ventanas enrejadas a mi corazón y me llamó para servir a mi generación. Como un terenero recién nacido, parado sobre débiles y cojeantes patas,
salí del hospital y entré nuevamente a la vida. Pero esta vez no caminaba solo. Desde ese momento, Dios nunca dejó de cuidarme.
¿Por qué cree que estoy dispuesto a abrir las polvorientas páginas de mi vida y compartir este relato con usted? Porque ese drama ya es cosa del pasado, está olvidado, y en su lugar hay una paz permanente y un propósito divino. Y creo que usted es parte de ese propósito. Dios nos ha acercado para que pueda compartir parte de la gracia que él me ha concedido.
No se en qué punto mi experiencia se encontrará con la suya, o en qué punto la Palabra del Señor se hará oir en usted, y la verdad lo hará libre. Hábitos arraigados que le impiden recibir la plenitud de Dios, maneras anticuadas de considerarse a sí mismo y a los otros, tradiciones muertas que lo dominan a pesar de que hace tiempo que la verdad las ha superado, todo se verá desafiado por el Espíritu de Dios, que hace nueva todas las cosas. 
 
 
Larry Lea(de su libro: ¿Ni tan sólo una hora?)


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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. carolina
    Abr 15, 2006 @ 16:09:28

    EXCELENTE LECTURA, LA ENVIE A VARIOS AMIGOS Y AMIGAS QUEAUN NO CONOCEN AL SEÑORYE STOY SEGURA QUE DEJARA HUELLA EN ELLOS, ADEMAS LA PALABRA DE DIOS NO REGRESA VACIA.
    GRACIAS POR COMPARTIRLO
    DIOS TE GUARDE
    CAROLINA RESTREPO

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