No hay necesidad trivial

No hay necesidad trivial

Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de los que le temen. –Salmo 103:13.


Varias madres de niños pequeños estaban
compartiendo alentadoras respuestas a la oración. Una de ellas admitió
que se sentía egoísta cuando molestaba a Dios con sus necesidades
personales. "Comparadas con las enormes necesidades mundiales que Dios
enfrenta –explicó– mis circunstancias deben parecerle triviales."

Momentos después, su hijito se
pellizcó los dedos en una puerta y salió corriendo a buscar a su mamá.
Ella no le dijo: "¡Qué egoísta eres al molestarme con que te duelen los
dedos cuando estoy ocupada!" No, ella le mostró una gran compasión y
ternura.

Tal como nos recuerda el Salmo
103:13, esa es la respuesta del amor, tanto humano como divino. En
Isaías 49, Dios dijo que aunque una madre olvidara tener compasión de su
hijo, el Señor nunca olvida a sus hijos (v.15). Dios aseguró a su
pueblo: ". . . en las palmas de mis manos, te he grabado. . ." (v.16).

Tal intimidad con Dios pertenece a
los que le temen, y a los que se apoyan en Él y no en sí mismos. Igual
que ese niño al que le dolían los dedos corrió a encontrar a su madre,
nosotros podemos correr hacia Dios con nuestros problemas diarios.

Nuestro Dios compasivo no
descuida a los demás para responder a tus preocupaciones. Él tiene
tiempo y amor sin límites para cada uno de sus hijos. No hay necesidad
demasiado trivial para Dios. –JEY

DIOS LLEVA EL PESO DEL MUNDO SOBRE SUS HOMBROS Y TIENE A SUS HIJOS EN LA PALMA DE SU MANO.

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Cinco peldaños


Cinco peldaños‏






"De cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es
del pecado" "Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente
libre" (Jn.8:34,36)

Muchas personas, especialmente los
jóvenes, no se sienten a gusto en el actual estado de cosas de la
sociedad. Consideran que la autoridad constituida, como la de los
padres, maestros o superiores y la del Estado con sus leyes ejercen una
insoportable presión. Quieren ser libres y por eso procuran desechar
todo yugo. Pocos son los que se dan cuenta de que en una vida que todo
es permitido, justamente llegan a ser esclavos: esclavos del pecado.

En
una celda de una cárcel se halló el siguiente testimonio de un
detenido. En la pared había dibujado una escalera con cinco peldaños.
Cada uno llevaba una inscripción:
El primero: desobediencia
El
Segundo: ocio
El tercero: Alcohol
El cuarto: crimen
El quinto:
muerte.

La verdadera libertad moral sólo se halla en Jesucristo.
Él murió por los impíos para expiar sus pecados.Es el único que puede
liberar a un ser humano de la esclavitud de ese mal. Es necesario acudir
a él con la sincera confesión de nuestros pecados, por los cuales él
padeció el juicio de Dios. Habiendo sido satisfecha la justicia diviva,
Dios da a todo aquel que cree en el Salvador una nueva vida, la vida
eterna.


¡Oh, no rechaces la verdad!
Tus ojos hoy abre a la luz,
Renuncia
a toda la maldad
y ven a Jesús.

La Buena Semilla.

“Unges mi cabeza con aceite”

"Unges mi cabeza con aceite" (Salmo 23:5)

En el antiguo Israel
los pastores usaban el aceite con tres propósitos: repeler los
insectos, prevenir los conflictos y curar las heridas.
Los insectos
fastidian a las personas, pero pueden matar a una oveja. Las moscas,
mosquitos y otros insectos pueden convertir el verano en una tortura
para el ganado. Por ejemplo, considérese las moscas de la nariz. Si
logran depositar sus huevos en la membrana blanda de la nariz de la
oveja, los huevos se convierten en larvas con forma de gusano que
vuelven locas a las ovejas.
Un pastor explica: «Para aliviar esta
torturante molestia, la oveja deliberadamente golpea su cabeza contra
los árboles, rocas, postes o arbusto … En casos extremos de intensas
plagas, la oveja puede matarse en un esfuerzo frenético por hallar
alivio».
Cuando aparece un enjambre de moscas de la nariz, las ovejas
entran en pánico. Corren. Se esconden. Agitan la cabeza de arriba abajo
durante horas. Se olvidan de comer. No pueden dormir. Los corderitos
dejan de mamar y dejan de crecer. Todo el rebaño puede dispersarse y
perecer por la presencia de unas pocas moscas.
Por esta razón el
pastor unge a la oveja. Les cubre la cabeza con un repelente hecho de
aceite. El olor del aceite impide que los insectos se acerquen y los
animales permanecen en paz.

En paz hasta la estación del celo.
La mayor parte del año las ovejas son animales tranquilos y pacíficos.
Pero durante el celo, todo cambia. Los carneros se pavonean por el prado
y doblan el cogote tratando de captar la atención de la nueva chica de
la cuadra. Cuando el carnero capta su mirada, levanta la cabeza y dice:
«Te quiero, nena». En esos momentos aparece el novio y le dice que vaya a
un lugar seguro. «Es mejor que te vayas, cariño. Esto podría ponerse
muy feo». Los dos carneros bajan la cabeza y ¡paf! Comienza una riña a
topetazos, a la antigua. Para evitar las heridas, el pastor unge los
carneros. Les esparce una sustancia resbalosa, grasienta, por la nariz y
la cabeza. Este lubricante hace que sus cabezas se deslicen y no se
hagan daño al golpearse.
De todos modos, la tendencia es a hacerse
daño. Y esas heridas son la tercera razón por la que el pastor unge las
ovejas. La mayoría de las heridas que el pastor cura son consecuencias
de la vida en la pradera. Espinas que se encarnan, o heridas de rocas, o
el haberse rascado en forma muy ruda contra el tronco de un árbol. Las
ovejas se hieren. Por eso, el pastor regularmente, a veces diariamente,
inspecciona las ovejas, en busca de cortes y magulladuras. No quiere que
los cortes se agraven. No quiere que las heridas de hoy se conviertan
en una infección mañana.
Dios tampoco. Como las ovejas, tenemos
heridas, pero las nuestras son las heridas del corazón que producen las
desilusiones. Si no tenemos cuidado, las heridas llevan a la amargura. Y
como las ovejas, necesitamos tratamiento. «Él nos hizo, y no nosotros a
nosotros mismos; pueblo suyo somos, y ovejas de su prado» ( Salmo 100.3
).
Las ovejas no son las únicas que necesitan cuidado preventivo ni
las únicas que necesitan un toque sanador. Nosotros también nos
irritamos unos contra otros, nos damos de cabezazos y quedamos heridos.
Muchas de las desilusiones de la vida comienzan como irritaciones. La
mayor porción de nuestros problemas no son de proporciones similares al
ataque de un león, sino más bien del enjambre de frustraciones y
quebrantos del día a día. No nos invitan a la fiesta. No nos incluyen en
el equipo. No obtuvimos la beca. El jefe no toma nota de nuestro arduo
trabajo. El marido no se da cuenta del traje nuevo de la esposa. El
vecino no nota el desorden que tiene en el patio. Uno se siente más
irritable, más melancólico, más … bueno, más herido.
Como la oveja,
no duerme bien, no come bien. Y algunas veces hasta se golpea la cabeza
contra un árbol.
O quizás se golpea la cabeza contra una persona. Es
asombroso lo duros que podemos ser unos con otros. Algunas de nuestras
heridas más profundas vienen de darnos topetazos con las personas.
Como
en las ovejas, el resto de nuestras heridas vienen de vivir en la
pradera. Sin embargo, la pradera de las ovejas es mucho más atractiva.
Las ovejas tienen que sufrir heridas de espinas y arbustos. Nosotros
tenemos que enfrentar el envejecimiento, las pérdidas y la enfermedad.
Algunos enfrentan la traición y la injusticia. Viva lo suficiente en
este mundo, y verá que la mayoría sufre profundas heridas de uno u otro
tipo.
Como las ovejas, quedamos heridos. Como las ovejas, tenemos un
pastor. ¿Recuerdan las palabras que leímos? «Él nos hizo … pueblo suyo
somos, y ovejas de su prado» ( Salmo 100.3 ). Él hará por nosotros lo
que el pastor hace por sus ovejas. Él nos cuidará.
Si algo enseñan
los Evangelios es que Jesús es el Buen Pastor. Jesús anuncia: «Yo soy el
buen Pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas» ( Juan 10.11 ).
¿No
derramó Jesús el aceite de la prevención sobre sus discípulos? Oró por
ellos. Los equipó antes de mandarlos al mundo. Les reveló los secretos
de las parábolas. Interrumpió sus discusiones y calmó sus temores.
Porque es el buen Pastor, los protegió de las desilusiones.
No sólo
previno las heridas; las sanó. Tocó los ojos del ciego. Tocó la
enfermedad del leproso. Tocó el cuerpo de la niña muerta. Jesús cuida
sus ovejas. Tocó el corazón inquisitivo de Nicodemo. Tocó el corazón
abierto de Zaqueo. Tocó el corazón quebrantado de María Magdalena. Tocó
el corazón confundido de Cleofas. Y tocó el soberbio corazón de Pablo y
el corazón arrepentido de Pedro. Jesús cuida sus ovejas. Y le cuidará a
usted.
Si usted se lo permite. ¿Cómo? ¿Cómo se lo permite? Los pasos
son muy sencillos.
Primero, acuda a Él. David no podía confiar sus
heridas a nadie sino a Dios. Dice: «Unges mi cabeza con aceite». No dice
«tus profetas», «tus maestros» ni «tus consejeros». Otros pueden
guiarnos a Dios. Otros pueden ayudarnos a entender a Dios. Pero nadie
hace la obra de Dios, porque solo Dios puede sanar.
«Él sana a los
quebrantados de corazón» ( Salmo 147.3 ).
¿Ha llevado usted sus
desilusiones a Dios? Las ha dado a conocer a sus vecinos, a sus
familiares, a sus amigos. Pero, ¿las ha llevado a Dios? Santiago dice:
«¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración» ( Santiago 5.13 ).
Antes
de irse a cualquiera otra parte con sus desilusiones, vaya a Dios.
Quizás
no quiera molestar a Dios con sus heridas. Después de todo Él ya tiene
bastante con las hambrunas, las pestilencias y las guerras; no le
interesan mis pequeñas luchas. ¿Por qué no deja que Él lo decida? Le
importó tanto una boda que proveyó el vino. Le importó tanto el pago del
tributo de Pedro que le dio la moneda. Le importó tanto la mujer junto
al pozo que le dio respuestas. «Él tiene cuidado de vosotros» ( 1 Pedro
5.7 ).
Su primer paso es ir a la persona que corresponde. Vaya a
Dios. Nuestro segundo paso es adoptar la postura correcta. Inclinémonos
delante de Dios.
Para ser ungida, la oveja debía permanecer quieta,
agachar la cabeza y dejar que el pastor hiciera su trabajo. Pedro nos
exhorta: «Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os
exalte cuando fuere tiempo» ( 1 Pedro 5.6 ).
Cuando vamos a Dios
hacemos peticiones; no hacemos exigencias. Vamos con elevadas esperanzas
y un corazón humilde. Declaramos lo que necesitamos, pero oramos por lo
que es justo. Y si Dios nos da la prisión romana en lugar de la misión
en España, lo aceptamos porque sabemos que «¿acaso Dios no hará justicia
a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en
responderles?» ( Lucas 18.7 ).
Vamos a Él. Nos inclinamos delante de
Él y confiamos en Él.
La oveja no entiende por qué el aceite repele
las moscas. La oveja no entiende cómo el aceite cura las heridas. En
realidad lo único que sabe la oveja es que algo ocurre en la presencia
del pastor. Y eso también es todo lo que necesitamos saber. «A ti, oh
Jehová, levantaré mi alma. Dios mío, en ti confío» ( Salmo 25.2 ).
Ve.
Inclínate.
Confía.
Vale
la pena intentarlo, ¿verdad?

Max Lucado (Libro: Aligere su carga)