Lugar para la duda

Creemos y dejamos de creer un centenar de veces por hora, lo cual mantiene ágil nuestra fe. Mily Dickinson

 

Con frecuencia Dios hace su obra por medio de “tontos santos”, soñadores que se lanzan movidos por una fe ridícula, mientras que yo me enfrento a la toma de desiciones de una forma calculada y cautelosa.  Por cierto, en las cuestiones de fe parece aplicarse una curiosa ley de inversión. El mundo moderno honra la inteligencia, el buen aspecto externo, la firmeza y el refinamiento. Al perecer, Dios no. Para realizar su obra, Dios se apoya con frecuencia en personas sencillas y sin estudios que lo más que saben es confiar en él, y por medio de ellos se producen maravillas. La persona menos dotada se puede convertir en una experta en oración, porque la oración solo requiere de un intenso anhelo de pasar tiempo con Dios.

Mi iglesia de Chicago, que es una encantadora mezcla de grupo raciales y económicos, programó en una ocasión una vigilia de oración de toda la noche durante una crisis importante. Varias personas manifestaron su preocupación. ¿Habría seguridad, teniendo en cuenta que nuestro vecindario se halla en los barrios bajos? ¿Deberíamos contratar guardias o escoltas para la zona de estacionamiento? ¿Y si no llega nadie? Discutimos largamente los aspectos prácticos de aquella noche de oración antes de fijarla en el calendario.

Los miembros más pobres de la congregación, un grupo de ancianos de un proyecto de viviendas baratas, fueron los que respondieron con mayor entusiasmo a la vigilia de oración. No podía menos que preguntarme cuántas de sus oraciones habían quedado sin respuesta a lo largo de los años _vivían en aquellos lugares, al fin y al cabo, en medio del crimen, la pobreza y el sufrimiento_ y sin embargo, manifestaban una confianza de niños en el poder de la oración. “¿Cuánto tiempo se quieren quedar; una hora o dos?”, les preguntamos, pensando en la organización del transporte. “No; nos vamos a quedar toda la noche” _contestaron.

Una dama afroamericana de más de noventa años, que caminaba con un bastón y apenas podía ver, le explicó a un miembro del personal de la iglesia por qué ella se quería pasar la noche sentada en las duras bancas de una iglesia en un barrio peligroso. “Verá, son muchas las cosas que no podemos hacer en esta iglesia. No tenemos muchos estudios, y ya no nos queda tanta energía como a muchos de ustedes, que son más jòvenes. Pero sí podemos orar. Tenemos el tiempo y tenemos la fe. Al fin y al cabo, muchos de nosotros no dormimos tanto. Podemos orar toda la noche si es necesario”

Y lo hicieron. Mientras tanto, un puñado de gente en buena posición que eran miembros de una iglesia de un barrio bajo, aprendieron una importante lección: la fe aparece donde menos la esperamos, y vacila donde debería florecer.

A pesar de mi escepticismo, suspiro por el tipo de fe que era tan natural en aquellos ancianos; la fe de niños que le pide a Dios lo imposible. Lo hago por una razón. Jesús valoraba notablemente esa fe, como nos hacen ver los relatos de milagros en los Evangelios. “Tu fe te ha sanado”_solía decir, desviando la atención de sí mismo a la persona sanada. El poder milagroso no procedía solo de él, sino que de alguna forma, dependía también del que recibía el milagro.

Leyendo juntos todos los relatos de sus milagros, noto que la fe se presenta en diferentes grados. Unos pocos manifestaron una fe osada e inconmovible, como el centurión que le dijo a Jesús que no tenía que molestarse en ir a visitar su casa, porque una palabra bastaba para que sanara su siervo en la distancia. “Les aseguro que no he encontrado en Israel a nadie que tenga tanta fe”_observó Jesús asombrado. En otra acasión, una mujer extranjera persiguió a Jesús mientras él andaba en busca de paz y tranquilidad. Al principio, no le respondió ni una sola palabra. Después le respondió duramente, diciéndole que él había sido enviado a las ovejas perdidas de Israel, y no a los “perros”. Nada fue capaz de detener a esta obstinada cananea, y su perseverancia le ganó el favor de Jesús. “Oh mujer, grande es tu fe”_le dijo. Estos extranjeros, que eran las personas con menos posibilidad de manifestar una fe fuerte, impresionaron a Jesús. ¿Por qué habrían de poner su confianza un centurión y una cananea sin raíces judías de ninguna clase en un Mesías que a los de su propia raza les costaba aceptar?

En deslumbrante contraste con esto, vemos gente que debió haber entendido mejor las cosas y, sin embargo, tenían una fe muy pobre. Los propios vecinos de Jesús dudaron de él. Juan el Bautista, su primo y precursor, llegó a poner en duda su identidad. Entre los doce discípulos vemos que Tomás dudó, Pedro maldijo y Judas traicionó, todos ellos después de haber pasado tres años con él.

La misma ley de inversión que observé en mi iglesia de Chicago parece aplicarse a los evangelios. La fe aparece donde menos se le espera, y titubea donde debería estar floreciendo. Sin emargo, lo que me da esperanzas es que Jesús actuaba, utilizando la fe que manifestara la persona, aunque fuera una simple semilla. Al fin y al cabo, honró la fe de todos los que le pidieron algo, desde el osado centurión hasta Tomás con sus dudas, y también hasta aquel angustiado padre que clamó: “¡Si creo!…¡Ayúdame en mi poca fe!”

Al observar la amplia gama de fe que se presenta en la Biblia, me pregunto si las personas no se dividirán de manera natural en diversos “tipos de fe” de la misma forma que se dividen en tipos de personalidad. Soy introvertido, y me acerco a los demás con cautela; también a Dios me acerco de la misma forma. Y así como tiendo a ser calculador en cuanto a mis desiciones, y a tomar en cuenta todos sus aspectos, también experimento la maldición del síndrome del “por otra parte” cada vez que leo una resplandeciente promesa en la Biblia. Me solía sentir culpable constantemente por mi falta de fe, y aún anhelo tener más, pero me he ido adaptando poco a poco a mi nivel de fe. No todos somos tímidos, melancólicos o introvertidos; ¿por qué vamos a esperar que todos tengamos la misma medida o el mismo tipo de fe?

Philip Yancey. De su libro: Alcanzando al Dios invisible, que recomiendo leer.

@emldg

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