Nuestros recursos internos

Hemos estado reflexionando acerca de las cosas básicas que hacen que los cristianos fracasen en la experiencia de la fe en un Dios que provee para todas nuestras necesidades. Ellas son: No pedir por los motivos correctos, y no tener fe de que vamos a recibir aquello por lo cual estamos orando. La tercera razón por la cual dejamos de recibir las cosas que realmente necesitamos (no simplemente nuestros anhelos y deseos superficiales) es porque no pedimos.

Tratemos de reflexionar sobre algunas cosas que nos ayudarán a saber pedir por nuestras necesidades. Por lo pronto, pedir algo a Dios no consiste simplemente en hacer una oración. Podemos estar pidiendo verbalmente y pasarnos la vida actuando de la manera opuesta. De modo que la forma más eficaz de obtener lo que pedimos es colaborar con Dios y su manera de hacer las cosas. El actúa por medio de leyes. No me refiero a los diez mandamientos, sino a ciertas regularidades que operan en cada cosa, como sucede con las leyes de la electricidad.

Me gusta pensar que las provisiones que Dios tiene para nosotros _comida, ideas, educación, compañerísmo, comunión con él_ son como una gran estantería de frascos llenos de cosas buenas. Cada uno contiene algo bueno para nosotros, pero para obtenerlos debemos destaparlos.

Los frascos vienen a ser algo así como las leyes dispuestas por Dios para regular los bienes que él quiere darnos. Para llegar al contenido debemos seguir las instrucciones que rigen para abrir los frascos. De la misma manera, debemos seguir los mandamientos que nos permiten operar las leyes divinas. Estos mandamientos también nos guían en el buen uso de los bienes: son como recetas para obtener los resultados.

Cuando pedimos algo estamos obedeciendo uno de estos mandamientos que ponen en función las leyes por las cuales accedemos a los bienes de Dios. En realidad los bienes ya son nuestros. Todo está provisto desde antes que empecemos a pedir. Simplemente son leyes que hacen que podamos usar lo que Dios ya ha hecho posible de antemano.

Examinemos estas leyes una por una. Quizá la primera sea aquella que constituye el recurso básico de Dios para que él nos pueda brindar lo que necesitamos. La llamo “ley del equivalente interior”. Con ello quiero decir que cada persona tiene recursos espirituales equivalentes a todo lo que puede necesitar del mundo exterior en materia de comida, abrigo, ropa, etc.

Dios sabe lo que él quiere obtener de nosotros, y lo que él a su vez quiere darnos. Por lo tanto, ya nos ha dado recursos internos para suplir todo lo que necesitamos para llevar a cabo su propósito en nuestra vida. (Es por eso que empecé refiriéndome inicialmente al papel que juegan nuestros motivos en la vida. ¿Es a él a quien hacemos nuestro Rey?) No tiene ningún sentido tratar de descubrir leyes para obtener lo que necesitamos para hacer nuestra voluntad. Las leyes rigen sólo para lo que Dios mismo sabe acerca de su plan para nuestras vidas.

Cuando descubrimos cuál es nuestro equivalente interior y lo usamos por amor a Dios y para ayudar a otros, además de gozarnos nosotros mismos, jamás dejaremos de recibir lo que necesitamos para cumplir con esa finalidad que Dios puso en nosotros.

Conozco el caso de un hombre, Russell H. Conwell, quien tuvo un éxito singular en base a la única conferencia que daba cada vez que se lo invitaba a hablar. El título se su charla era “Hectáreas de diamantes”. Lo que intentaba transmitir a la gente era el hecho de que nuestros recursos propios más valiosos están a nuestro alcance, allí mismo “en nuestro terreno”

Es otra forma de expresar la ley de la equivalencia interior. Dentro mismo de nosotros, aún más cerca que en nuestro propio jardín, existe aquello que equivale a la totalidad de lo que necesitaremos del exterior. Todos nacemos con ese capital. Algunos nunca lo encuentran, otros lo esconden o lo almacenan. Hay quienes lo usan mezquinamente _ y las cosas que usamos con mezquindad se convierten en cosas dañinas. Y también hay quienes las derrochan y quienes niegan tenerlas, y luego acusan a Dios de ser injusto.

Dios siempre requiere que empecemos por lo que ya somos, por aquellos con quienes vivimos, y por lo que tenemos, cuando decidimos empezar a hacer su voluntad.

…. “Dios está donde tú estás, y las provisiones están donde Dios está”….

Conozco otro caso. Es el de una chica cuyo destino parecía perdido, pero que supo encontrar interiormente los recursos necesarios equivalentes a todo lo que necesitaba para hacer que sus sueños se volvieran realidad.

Marta quería ir a la universidad, y aunque yo misma siempre he creído que “querer es poder” y lo he experimentado en mi propia vida, cuando la conocí no pude creer que hubiera ley alguna que lograra aplicarse a esa clase de chica. No podía haber conocido a nadie menos apto para entrar en la universidad.

 Un día la visitamos con el agente encargado de las demostraciones a domicilio, de nuestro condado, ella nos salió a recibir a la puerta.

_Tengan cuidado _fue lo primero que dijo, _los escalones están podridos, y pisen despacio porque las tablas del piso están sueltas y hay lugares rotos. Papá no quiere arreglar nada porque dice que no nos vamos a quedar aquí definitivamente.

_¿Cuánto hace que viven aquí? _pregunté.

Hace quince años. Desde que nací alquilamos esta misma casa.

Seguimos zigzagueando por entre las tablas rotas hasta pasar a la sala, donde nos recibió la madre.

Le explicamos que veníamos por el pedido de semillas de su hija para iniciar una huerta propia, ya que la agencia ofrecía asesoramiento respecto a la tierra cultivable. Marta tenía el propósito de ofrecer su experiencia en cuidado de jardines al “Club 4H” de la zona.

Mientras el agente conversaba con la madre y le explicaba las posibilidades, Marta nos llevó a conocer el terreno. Dimos la vuelta alrededor de un zanjón que surcaba el fondo, y noté que aquél provenía directamente desde el subsuelo de la casa en donde se podía observar un gran boquete socavado en la tierra arenosa. La casa se levantaba precariamente por encima, sostenida por pilotes de madera, sin ningún soporte adicional para apuntalarlos. La mayoría de las ventanas no tenían vidrios y tampoco había persianas ni cortinas interiores. ¡Todo el lugar, de adentro y de afuera, me hacía pensar en el espectáculo que debió haber tenido Rip van Winkle, cuando despertó después de su sueño de veinte años en el bosque!

Todo el terreno estaba cubierto de maleza _abigarrada y compacta.

_Me va a llevar bastante trabajo y sudor convertir este desastre en jardín _comentó Marta.

_No querrás decir que tú harás el trabajo de preparar la tierra _le dije incrédula.

_No puedo hacerme ninguna ilusión de que alguien lo haga en lugar mío. Además, las mujeres de la casa estamos acostumbradas a arar la tierra. Hemos arado toda la vida, desde que pudimos asirnos a un arado y sostener la manija. ¡Bien poco que hemos conseguido con nuestro esfuerzo! Apenas teníamos un par de zapatos cada una y dos vestidos por año.

_Todo lo que podemos alcanzar a sacar del campo es poco para alimentar a esta pandilla _comentó la madre, quien llegaba en ese momento.

Marta era la cuarta de una familia de ocho mujeres. Apenas sacaban un miserable sostén de ese terreno cubierto de gruesas raíces de maleza.

Pasamos una noche planificando con Marta cómo debía distribuir las tareas y organizar el trabajo para el Club 4H, en un terreno de esa superficie. Fue en esa oportunidad que me comunicó la increíble idea que tenía: ¡Quería ir a la universidad!

_Usted pensará que estoy loca, señora Welch, pero desde que entré en la escuela, sueño con poder ir a la universidad algún día. Recuerdo un día que tenía puesto unos zapatos viejos que alguien nos había regalado. Iba caminando por un sedero pantanoso por el campo donde pacían los cerdos. Cada vez que levantaba los pies y succionaba el lodo con los talones de los zapatos, me parecía que el ruido iba diciendo: ¡Irás a estudiar … irás a estudiar … irás a estudiar!

Sus ojos castaños de posaron en los míos, a la espera de una respuesta. No tuve el coraje de destruirle las ilusiones, con la única respuesta cuerda que se me ocurrió en ese momento. Tuve la sospecha y el temor de que Marta estuviera auto-enganándose, buscando un medio de evasión de su familia y de su hogar. Su sueños de ir a la universidad algún día me parecieron meras fantasías, no sueños verdaderos. Porque cuando nuestros sueños son reales, son como profecías de aquello que debemos realizar, o podríamos llegar a ser. La prueba de que son sueños reales radica en que siempre van más allá de nuestros deseos egoístas y abarcan el bien de otros. No pude percibir esa cualidad en las fantasías de Marta. Me pareció que estaba fabricando un sueño para evadir la realidad de su familia y de su casa. Pero me mantuvo la mirada, esperando una contestación de mis presentimientos.

_Bueno, Marta, tú sabes que la fe en Dios es fuente de gran poder. Lo mismo es nuestra esperanza. Y aún más si contamos con la fuerza del amor. Si tienes suficiente de esas tres cosas, entonces nada te será imposible.

Sus ojos brillantes se iluminaron y una amplia sonrisa dibujó una hilera pareja de dientes en su rostro. De pronto advertí que era hermosa.

_¿Usted también piensa así? ¡Ay, si sólo hubiera una sola persona que tuviera fe en mí, qué hermoso sería! Yo podría irme de aquí … ¿sabe? Me siento sumamente avergonzada de mi familia y de la forma en que viven.

_¡Allí está la dificultad, Marta _le dije, tratando de ponerle el desafío lo más alto posible. Tienes vergûenza de tu familia. Si pudieras vencer este sentimiento y amarlos lo suficiente como para estar orgullosa de ellos y olvidarte de tus sueños de irte de aquí, quizás así podrías lograr lo que buscas. Tendrías la ley del amor de tu parte. Quizás se cumpliría tu ambición de estudiar en la universidad si estuvieras dispuesta a que ellos te acompañen.

De pronto su rostro sombrío dio paso a una franca carcajada.

_¡Me imagino lo que parecerían todos en la universidad! ¡Qué quiere decir con eso señora Welch?

_Que sería necesario que pudieras olvidarte de tus propias ambiciones y dieras lo mejor que tienes por hacer feliz a tu familia, por lograr que tus hermanitas aprendan a perder su timidez y levantar sus lindas cabecitas y sonrían a la gente, y hacer que tus padres tengan algo de lo cual estar orgullosos. ¿No te parece que eso sí lo puedes hacer de alguna manera? Ninguna meta se alcanza sin mirar primero el lugar en que se está: tienes que ver lo que tienes en tus manos, en tu corazón, y en tu mente, que pueda contribuir para que ese lugar sea santo. Tenemos que agotar lo que tenemos en las manos antes de poder recibir más de aquellas cosas que deseamos.

_Ya veo … pero eso suena difícil _contestó. Se puso de pie y terminó comentando: _Parece que tendré que empezar por mi trabajo para el Club. Le dedicaré todas mis fuerzas por amor a mi familia. Quizás mamá y papá no puedan valorizar todavía lo que significa ese trabajo, pero conseguiré que lo entiendan. ¡Lo coseguiré!

Y lo consiguió. Con el estímulo y el asesoramiento que le brindó la agencia de promoción de la comunidad, Marta terminó convirtiendo en una conmovedora realidad los votos del Club 4H.

“Prometo dedicar mi inteligencia a razonar con claridad. Mis manos a servir mejor; mi corazón a mantener lealtades más nobles y solidaridades más elevadas. Mi salud para ser ofrecida en forma eficientes de servicio a la comunidad, al país, y a Dios”

Comenzó a pensar con más claridad ecerca se su familia y su responsabilidad hacia ellos; puso manos a la obra para conseguirles todo lo que cosideró que les hacía falta, y lo hizo con amor. Al obrar así se puso en línea con las grandes fuerzas que rigen las corrientes poderosas de Dios. Cada pensamiento, cada movimiento de su corazón y de sus manos destinado a mejorar la casa _arreglar  una ventana o ponerle vidrios, o simplemente preparar frascos de conservas para el invierno_ se transfomó en una oración. Fue la forma más eficaz de orar por aquello que anhelaba. Puso amor en cada movimiento de la escoba mientras barría las piezas, y en cada golpe de hacha con que partía la medera destinada a apuntalar los pilotes de la casa.

Por espacio de tres años, trabajó, meditó, amó y soñó, mientras veía cómo sus anhelos se iban haciendo realidad. Cada detalle de las tareas cotidianas de su hogar se convirtió en una aventura y en un sacramento. Todo empezó a formar parte de una meta llena de sigificado para ella, y para cada miembro de la familia. Los demás se contagiaron de su entusiasmo y comenzaron a prestarle ayuda en las tareas que iniciaba. No sólo se transformó la casa que habitaban, sino que quienes vivían en ella cambiaron totalmente. Al tercer año de su trabajo, las chicas lograron llenar la despensa con más de dos mil frascos de conservas, y con toda clase de alimentos de fabricación casera.

La desnuda propiedad, surcada por el zanjón, se convirtió en un terreno arreglado, con cesped y arbustos naturales, y flores de todo tipo.

La gente de alrededor comenzó a oir de sus logros, tanto en relación a la casa, como en la transformación de su familia, y pronto su nombre apareció en la lista de honor de la asociación de todos los Clubes 4H del estado. La gente comenzó a llegar para admirar su hazaña. Entre los visitantes estuvo el presidente del Banco Federal de Tierras, de Houston, Texas, quien  sacó una película en color de las diferentes mejoras y transformaciones introducidas en el lapso de tres años. Quería que las otras familias rurales pudieran ver el ejemplo inspirador a través de la historia de esa película, y así estimularlas a luchar por un mejor nivel de vida.

Pocas semanad antes de que Marta recibiera su certificado de estudios secundarios, le llegó un telegrama del Servicio de Extensión de Texas, anunciándole que había recibido los honores más altos que se adjudicaban a un miembro del Club 4H, en el estado de Texas. Consistía en una beca anual, concedida para estudios universitarios, al miembro más destacado.

¿Había logrado Marta llevar a su familia con ella, a lo largo de sus sueños? Como ella misma decía, la cosa había sido alrevés: ¡Su familia había hecho posible que ella fuera a la universidad! Fue su amor por ellos que hizo posible que ella estudiara. Y fue su generosa determinación de ayudar a su familia, lo que se convirtió en el “equivalente interior” que debió pagar como precio para llegar a la meta.

La beca cubrió un año de sus estudios. Luego, tomando sobre sí la responsabilidad de dirigir un hogar comunitario para estudiantes, en donde las chicas colaboraban con los trabajos de la casa y además contribuían con provisiones traída de sus hogares, logró pagar sus gastos, gracias a su dedicación al trabajo y a su habilidad para inspirar a otros. Su propio Club contribuyó a pagar el resto de los gastos ocasionado por sus estudios, durante los tres años.

Marta estudió hasta obtener un título como asesora social para el hogar, pues su deseo de ir a la universidad no de limitaba al simple hecho de obtener un título para su propia gratificación, sino que siempre había querido servir a la comunidad.

Cada una de sus hermanas siguió su ejemplo, y se esforzó por conseguir algún tipo de capacitación superior, después de terminar los estudios secundarios. Todas ellas obtuvieron buenos empleos.

¿Se hace más claro ahora lo que significa que todos tenemos un aquivalente interior, y que si queremos que algo nos llegue como respuesta a nuestra oración debemos poner aquella parte de nosotros que hace posible que esto se realice?

Si no estamos dispuestos a permitir que Dios ponga en funcionamiento la primera de la leyes, estaremos impidiendo que se cumplan las restantes. Es imposible que no recibamos lo que necesitamos, en el momento de mayor necesidad, si es que hemos empezado dando todo nuestro ser en una dádiva generosa y llena de amor.

Son muchas las cosas que pueden convertirse en equivalentes interiores. Las personas difieren mucho, pero la ley todavía es válida para todos. No hay individuo que sea tan débil y pobre que no tenga en sí mismo la experiencia, la habilidad, las ideas, la fe, la inteligencia, las manos, el corazón, la cabeza o fuerza física necesaria para hacer que lleguen a él aquellas cosas que realmente necesita para cumplir el plan de Dios para su vida. La oración y un deseo desinteresado de ayudar a los demás son las dos formas que nos ayudarán mejor a descubrir cuáles son esos tesoros interiores.

 

Del Libro: Más que pajarillos. Mary Welch. Cap. VI

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