Devocional 14-3-13

“Lo que os digo en tinieblas, decidlo a la luz” Mateo 10:27

Constantemente, nuestro Señor nos lleva a la oscuridad para poder hablarnos. A la oscuridad de la casa desolada donde la pérdida de seres queridos nos ha desconsolado, a la oscuridad de alguna vida solitaria, donde alguna enfermedad nos ha privado de la luz y el tumulto de la vida, a la oscuridad de alguna aflicción y terrible disgusto.
Entonces Él nos dice Sus secretos grandes, maravillosos, eternos e infinitos. Él hace que el ojo que ha sido deslumbrado por el brillo de la tierra, contemple las constelaciones celestiales, y al oído que reconozca el sonido de Su voz, la cual se ahoga a menudo entre el tumulto de los gritos estridentes de la tierra.
Pero tales revelaciones implican una responsabilidad de nuestra parte, “que digamos a la luz, que lo proclamemos por todas partes y en todo tiempo”.
Esto no quiere decir que siempre tenemos que estar metidos en la oscuridad o encerrados en una habitación, sino que después se nos citará para que ocupemos nuestro puesto en la lucha y tormentas de la vida, y cuando llegue ese momento, tenemos que estar dispuestos para decir y proclamar lo que hemos aprendido. Esto hace que tengamos un nuevo concepto del sufrimiento y propósito del mismo. Muy a menudo oímos decir “!Qué inútil soy!” “¿Qué estoy haciendo para el bienestar de los demás?”
Tales son los lamentos del que sufre de una forma desesperada. Pero Dios tiene un propósito en todo. Él ha retirado a Su hijo a las altitudes mas elevadas de camaradería, para que él pueda oír a Dios hablando cara a cara, y para que lleve el mensaje a sus compañeros al pie de la montaña.
¿Se desperdiciaron los cuarenta días que Moisés pasó en el Monte, o el tiempo que Elías estuvo en Horeb, o los años que Pablo pasó en Arabia?
No hay período de tiempo que se invierta en la vida de fe, que no contribuya al mejoramiento de una vida santa y victoriosa. Tenemos necesidad de pasar a solas con Dios ciertos períodos de meditación y comunión. El que nuestras almas se comuniquen con Dios y descansen separadas del alboroto de la vida, es tan necesario para ellas como el alimento para nuestros cuerpos.
A solas, el sentimiento de la presencia se convierte en la posesión establecida para el alma y la habilita para decir una y otra vez con el Salmista, “¡Oh Dios, tú estás cerca!”
F. B. Meyer

“Algunos corazones, lo mismo que algunas flores nocturnas, se abren más primorosamente en las sombras de la vida

Manantiales en el Desierto. Cowman

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