Un mundo feliz

Leí hace poco el libro “Un mundo feliz” de Aldous Huxley. Decidí escribir algo sobre mi punto de vista en ese momento, pero lo dejé pasar. Pero es que la realidad a veces le pega tan duro a uno en la cara que tiene que reaccionar de una manera u otra: te dejas llevar por la corriente o te sales del montón y reflexionas para tomar tus propias decisiones. Es más fácil, aparentemente, dejar que otro tome las decisiones que a uno le toca, pero las consecuencias las tenemos que padecer nosotros. Lo estamos viviendo!

Me pareció terrible que para tener un mundo feliz se quitara del medio todo lo que es natural como tener una familia con un papá, una mamá, unos hermanos; el elegir una carrera u oficio según sus propias capacidades y gustos; enamorarse de alguien en vez de ser de todos; llevar los bebés en el vientre y dar a luz; envejecer con dignidad y morir. Para ellos disfrutar de esa “felicidad” tenían que tomar una sustancia llamada “soma” que era administrada completamente gratis por el estado. Así no sufrían…

Bueno, yo no voy a hacer una sinopsis de la novela. Espero que el que se interese en ella la consiga y la lea. Lo que a mí me interesa reseñar, porque es mi interés muy particular, es el opuesto que nos ofrece el autor como solución, lo que es natural, lo “salvaje” que no ha sido intervenido por ese estado que gobierna en esa trama. Cuando sustituimos una religión por otra es como cambiar un vicio por otro: cambiamos para quedar igual y a veces hasta peor porque se lleva toda esperanza de un mundo mejor. Llegamos a pensar que no existe algo mejor, pues, aquellos que representan algo mejor, son peores…

Yo llamo religión a todo aquello que el hombre inventa para comunicarse con la Divinidad. Somos seres espirituales. En estos cuerpos físicos, que para algunos son agradables o desagradables, llevamos todos un espíritu, dado por esa Divinidad que tanto añoramos y deseamos conocer. No vamos a descansar hasta encontrar esa paz, esa felicidad, ese conocimiento que representa la Verdad y el Amor eterno e incondicional que estamos buscando.

El personaje que representa lo opuesto, lo natural, lo salvaje estaba dominado por unos pensamientos que lo hacía torturarse para hallar un poco de tranquilidad mental y física, no espiritual. Lo mental puede dominar lo físico, pero lo espiritual es más fuerte y puede dominarlo a los dos. Lástima, que algunos usando el engaño, en todas las áreas del conocimiento, tienen a muchos dominados. Pero una cosa sé: todo el que ha sido engañado y ha caído en una trampa quiere salir de ahí, y en el momento más oportuno, se liberará de esas cadenas. También sé que hay poderes espirituales, a los cuales estos engañadores han recurrido para mantenerse en el poder, y esas personas cautivas necesitan ayuda de lo alto para ser libres. Esa ayuda celestial llegará porque Dios mismo nos ama tanto y está muy interesado en liberar a los que Él creó libres, que no se queda con los brazos cruzados viendo el sufrimiento de la gente con placer, como algunos nos quieren hacer creer.

Yo veo a un hombre y una mujer natural diferente. Que ha sido libre por la verdad y la justicia divina. Dios es quien determina la manera en que todo ser humano se debe acercar a él. “Dios quiere que todos los seres humanos sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad, pues hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y nosotros: Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo” (1Timoteo 2:3-5).

He visto a engañadores con un libro negro en las manos, que representa la Biblia, que es un libro respetado y reconocido por muchos como la Palabra de Dios. Pero cuando leen de ese libro solo dicen sus propios pensamientos, no los de Dios. El pueblo en general piensa que ese libro es para personas especiales, llamadas por Dios, y que ellos no tiene acceso a él pues, no lo van a entender. Sepan todos, y en todas partes, que ese libro especial es para toda la raza humana. Dios tiene y siempre ha tenido interés que todas esas verdades lleguen a nuestras manos, y a nuestra mente, porque la única manera de no dejarnos engañar es conociendo la verdad de primera mano. “Las cosas secretas pertenecen a Dios, pero las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, a fin de que cumplamos todas las palabras que están escritas en esta Ley” (Deuteronomio 29:29) Todos somos resposables ante Dios de hallar la verdad que nos hace libre en vez de dejar que otros, tomando el lugar de Dios, quieren que uno les siga y obedezca sin quejarse ni pedir explicaciones. Sólo Dios tiene esa potestad y privilegio, no los seres creados igual que nosotros.

Ahora bien, por qué digo todo esto? Porque Dios mismo nos hizo a su imagen y semejanza, con un libre albedrío, que nos hace responsables delante de él. Podemos elegir a quién vamos a servir. Si, servir. Esa palabra que tanto nos aterroriza, porque nos hace sentir poca cosa ante los demás, pero lo más grave es que nos sentimos menos nosotros mismos por tener que servir a otros. Todo tiene su origen en Genesis capítulo 3. Es intersante observar que en el proceso de tentación de Jesús, como él sí conocía las Sagradas Escrituras, le respondió a aquel que le pedía su adoración: Vete, Satanás, porque escrito está: “Al Señor tu Dios adorarás y sólo a él servirás” (Mateo 4:10). Esto fue al comienzo de su ministerio terrenal, pero al final, cuando ya estaba listo para ir a la cruz para pagar el precio de nuestra liberación eterna, no dejó a todos el gran mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. De estos dos mandamientos dependen la Ley y los profetas (Mateo 22:34-40). En el reino de Dios los más importantes son los que sirven a los demás.

El que acepta el señorío de Jesucristo, plasmado de una manera gloriosa en Filipenses capítulo 2, sabe a quién pertenece y a quién sirve: a Dios y al prójimo. Tiene satisfecha su alma y una constante comunión de su espíritu con Dios que le es  fácil amar y servir. Cuando se le acaban las fuerzas, Dios se las renueva una y otra vez. Recibimos una amor incondicional, damos amor incondicional. Amor Ágape, que ningún poder humano o angelical puede destruir o apagar. Dios no abandona su obra y lo que empezó a hacer, lo terminará. “Dios no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y dominio propio. Por tanto, no te avergûences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios” (2 Timoteo 1:7-8). “Según el poder de Dios” es la clave. No nos vamos a distinguir de otros si hacemos las cosas a nuestra manera o según lo hacen los demás. Es a la manera de Dios cuando vemos actuar en nosotros y a través de nosotros ese poder, amor y dominio propio en todos los lugares donde nos desenvolvemos, empezando en el hogar y siguiendo en la calle, en el mercado, colegio, universidad, empresa, … Dios tiene a su gente en todos lado y, cuando no hay ninguno, no se preocupe, él está ahí personalmente. Atrévase a hablar con ese Dios que hizo los cielos y la tierra y lo creó a usted para amarle y para que viva con él por la eternidad. Dios le ama con amor eterno!

A mi lado no había ni uno que buscara al Dios vivo y verdadero, pero yo anhelaba conocerle. Clamé, con mis propias palabras, con mis propias cargas, con mis propias angustias, y Dios me escuchó y me contestó. Cambió mi lamento en baile. Me dio un nuevo canto que nadie me puede quitar, aunque me piden que me calle, no puedo hacerlo porque hay muchos que andan buscando lo que yo encontré. Jesucristo es el camino, la verdad y la vida. Es la luz del mundo, y el que lo sigue ya no anda en tinieblas.

Una vez los discípulos de Jesucristo estaban siendo perseguidos, y él mismo, en persona, le salió al encuentro a un comisionado para esa labor.

“…Pero, yendo por el camino, aconteció que, al llegar cerca de Damasco, repentinamente lo rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra oyó una voz que le decía:

_”Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?

Él dijo:

_¿Quién eres, Señor?

Y le dijo:

_Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón.

Él, temblando y temeroso, dijo:

_Señor, ¿qué quieres que yo haga?

El Señor le dijo:

_Levántate y entra en la ciudad, y allí  se te dirá lo que debes hacer…”

(Hechos 9:1-31)

Este es el Jesús, llamado Señor por uno de sus detractores, al que amamos y servimos de todo corazón y voluntariamente. No necesita que lo defendamos a él o lo cuidemos. Es él quien nos guía, nos protege y nos usa para bendecir a otros. Y el encuentro personal con él nos hace aceptar su señorío. Pero ceder ante el mal es nuestra propia destrucción. Es nuestra elección por la vida o la muerte.

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