La entrega

Secreto 1: La Entrega

Oliver DeVinck llevaba sólo tres meses de desarrollo en

el vientre de su madre cuando ella sufrió un accidente.

El gas se infiltró de la estufa que tenía. Catherine DeVinck

perdió la conciencia cayendo sobre la cama en el

dormitorio. El padre de Oliver ya se había ido para el

trabajo, pero en la estación del tren, recordó que se le

había olvidado algo en la casa y volvió. José DeVinck olió

de inmediato el gas y sacó rápidamente a su esposa al aire

fresco de afuera.

Ella reaccionó rápidamente. Cuando Oliver nació seis

meses después, parecía un niño saludable.

Un par de meses después del nacimiento Catherine

estaba jugando con Oliver delante de una ventana

abierta. Lo levantó hacia la tibieza del sol brillante,

disfrutando del aire fresco y de los reconfortantes

rayos del sol. Entonces notó algo raro. Su bebé estaba

mirando directamente al sol sin parpadear.

Oliver nació ciego. Los médicos dirían a los DeVinck,

llegado el momento, que Oliver no solo no podía ver

sino que tampoco podía sostener firme su cabeza,

gatear, caminar, hablar ni sujetar nada en su mano.

El gas que Catherine había inhalado a comienzos del

embarazo, había afectado el desarrollo de Oliver.

Él nació con una grave lesión cerebral.

Los DeVinck preguntaron al médico que lo examinaba

qué podían hacer por su hijo. El médico sugirió que lo

internaran en una institución.

José y Catherine rehusaron considerar tal posibilidad:

“Él es nuestro hijo” _dijo José. “Nos llevaremos a Oliver

a casa”

“Entonces llévenselo a casa y ámenlo” replicó el doctor.

Así lo hicieron. Durante treinta y tres años.

Oliver tenía el tamaño de un niño de diez años hasta que

llegó a adulto. Tenía la cabeza grande y las piernas torcidas

y necesitó cuidado durante todos sus treinta y tres años.

Era alimentado por su familia tres veces al día y bañado y

cambiado con regularidad. En todo aspecto era, como

escribiría su hermano menor Christopher, uno de los

“seres humanos más indefensos y débiles” que uno

podría conocer.

Christopher DeVinck preguntó una vez a su papá:

“¿Cómo te las arreglaste para cuidar a Oliver durante

treinta y tres años?”

“No fue por treinta y tres años”, replicó su padre.

“Me limité a preguntarme: ¿Puedo alimentar a Oliver hoy?,

y la respuesta siempre fue: Sí, yo puedo¡”

Oliver DeVinck murió en 1980 y fue enterrado en Weston,

Vermont.

Podemos aprender mucho sobre la entrega de padres

dedicados como José DeVinck. Aunque la mayoría de

nosotros no enfrentamos el reto de cuidar un niño

minusválido, la tarea parece suficientemente difícil con

los niños sanos. José DeVinck es para nosotros un

modelo del primer secreto de los padres eficaces:

El padre eficaz es aquel que mantiene una entrega

a largo plazo con sus hijos.

 

Proclama a tus hijos como propios

 

José DeVinck se puso de pie y dijo: “Él es nuestro hijo”

El es tu hijo. Ella es tu hija. ¿Los proclamas como propios?

¿Les declaras a ellos y a los demás que el futuro de ellos

y el tuyo se entrelazan?

Los niños necesitan que los proclamemos como propios.

Los padres que dicen a sus hijos: “Ustedes son mis hijos”

les dan un punto de referencia inapreciable. Los niños se

sienten seguros para explorar el mundo porque siempre

saben dónde está el hogar. Ellos saben dónde pertenecen.

Ser proclamado por el padre también da al niño la sensación

de ser afirmado. Todos sabemos cuánto rechazo hay en el

mundo, hasta para los niños.

Con tanto rechazo esperando más adelante, qué placer

es para el niño crecer en una atmósfera de precoz

aceptación en la  cual escuche que su padre dice:

“Este es mi hijo. Él está en mi equipo” Efectuar estos

anuncios comunica pertencia, aceptación y orgullo a los

niños pero también comunica mucho al padre mismo.

Cuando dices a tu hijo, “eres mi hijo” te estás identificando

con ese niño. Estás subiendo las apuestas. Te estás

diciendo que estás dispuesto a invertir una buena parte

de tu prestigio y felicidad en como resulte este niño.

Hasta estás dispuesto a dejarte avergonzar por ese niño

en ciertas ocasiones. En un sentido muy real, tu nombre

está en juego. Ahora, todos conocemos padres

(los padres fórmula) que llevan esto al extremo. Viven

sus vidas por medio de sus hijos empujándolos a logros

imposibles. Su amor es condicional y basado en el

desempeño. Les oyes decir “quiero que hagas lo que

yo nunca hice” o gobiernan a sus hijos con rigidez,

batallando ansiosamente con cualquier mancha o defecto.

Su egoísmo se demuestra cuando les oyes decir:

“¿Cómo pudiste desgraciarme la vida de esta manera?

Pero estos son padres fórmula. Los padres fieles usan

este sentido de la identficación sólo para agregar

combustible a su motivación. La emoción de lo que

personalmente está en juego los impulsa a hacer lo mejor

que pueden en la tarea de ser padres.

Cuando dices a tus hijos “son mis hijos” también estás

anunciando la responsabilidad de ellos. Crea en ti un

sentido del deber. Como todo buen soldado o buen

bombero puede decirte, el sentido del deber puede

ayudarte a vencer increíbles dificultades. ¿Qué mantiene

al centinela en su puesto cuando la temperatura cae hacia

cero? ¿Qué manda al bombero a un edificio incendiado en

busca de una víctima atrapada a la cual ni siquiera conoce?

El sentido del deber puede ayudarte a seguir al lado de un

hijo adolescente rebelde, drogadicto y rencoroso en un

momento en que miras tu corazón y hallas difícil ubicar algo

de afecto por él. “¿Qué te hizo quedarte al lado?”, puede

preguntarte después alguien y tú responderás: “¿Qué

esperabas? Yo soy padre y eso es lo que hacen los padres”

 

Resuelve actuar como padre de tu hijo

 

La entrega comprende más que proclamar a tu hijo como

propio. También requiere que elijas ser el padre de tu hijo

resolviendo trabajar para provecho de él o ella.

José DeVinck dijo: “Nos llevaremos a Oliver a casa”

Como padres tenemos que entender que si optamos por

no ser padres activos de nuestros hijos, otra persona lo

será. El mundo está lleno de padres sustitutos,

reemplazantes demasiados listos para asumir el papel…

 

Del Libro: Los 7 secretos de los Padres Eficaces. Ken R. Canfield

 

#Padres #Hijos #Familia #Liderazgo #Entrega

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