Tiene que ver con otro reino

Al principio de la década de los ochenta la revista

Fortuna publicó un artículo que disipó las dudas de

cualquiera respecto a los emprendedores jóvenes

de hoy. El artículo daba los resultados de estudios

que se hicieron tocante a las actitudes y los valores

de personas de veinticinco años que tomaban su lugar

en el mundo de los negocios. El propósito de esas

investigaciones era dar a los lectores una idea de lo que

se podía esperar de aquellos jóvenes durante la década

que comenzaba. ¡Las revelaciones son asombrosas!

Un astuto pensador ha analizado los resultados en seis

observaciones:

1. Esos jóvenes creen que una vida de éxito significa la

independencia económica y que la forma de alcanzarla

es llegando a la cima de una corporación importante.

2. Creen en sí mismos. Creen que tienen talentos y

capacidades para ser los mejores. Entre ellos no hay

“conversación humilde”

3. Creen en el mundo de las corporaciones.

Están seguros de que las instituciones que ellos dirijan

son las que más valen la pena en el mundo.

4. Consideran “un obstáculo para el éxito” cualquier

relación que los retarde en su escenso por la escalera

corporativa. El matrimonio es una opción aceptable sólo

si no interfiere con sus aspiraciones de alcanzar el éxito.

Para la mayoría de ellos, tener hijos es algo que necesitan

pensarlo mucho.

5. Lealtad no figura muy alto en su lista de valores.

Los jóvenes de esa nueva raza tiene siempre a mano

sus solicitudes de trabajo. Están listos para mudarse de

una compañía a otra y creen que la lealtad a una sola los

haría quedarse en un sistema que pudiera impedirle una

máxima movilidad hacia arriba.

6. Están convencidos de que son más creativos e

imaginativos que los que ocupan ahora las posiciones

de arriba en las corporaciones y creen que no hay mucho

que puedan aprender de ese tipo de personas mayores

antes de tomar sus lugares.

¿Qué tiene que ver esto con vivir sobre el nivel de la

mediocridad? Todo, en realidad. Para vivir en ese nivel

se requiere pensar con claridad y más allá del día de hoy.

Requiere enfrentar el egoísmo y cortar la raíces de la

avaricia. Si esperamos demostrar el nivel de excelencia

modelado por Jesucristo, entonces tendremos que

decidir a cuál reino vamos a servir: el reino eterno

representado representado por nuestro Señor y que

El nos dijo que buscáramos (Mateo 6:33) o al efímero

de hoy.

 

Comprendamos lo que significa “reino”

 

Antes de seguir adelante, explicaré a quién me refiero

cuando digo reino. Es uno de esos términos que nos

gusta emplear, pero que rara vez se definen. Parte del

problema es que es difícil de analizar.

Por ejemplo, aunque el reino está lleno de justicia, paz

y gozo, no es algo físico o tangible. No es algo que

podemos ver o tocar. “Porque el reino de Dios no es

comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu

Santo” (Romanos 14:17)

Además, ese reino no es verbal, algo que podamos oír

realmente, aunque sí es poderoso. “Porque el reino de

Dios no consiste en palabras, sino en poder”

(1 Corintios 4:20)

¡Como si eso no fuera suficientemente misterioso,

debo agregar que siendo inconmovible, no es visible

tampoco! “Así que, recibiendo nosotros un reino

inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella

sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia”

Hebreos 12:28

¡Qué le parece! Debemos buscar algo que no podemos

ver, sentir u oír. Y se espera que aceptemos algo que es

intangible, inaudible e invisible.

Basta de trabalenguas. En términos generales, el reino

de Dios es un sinónimo del gobierno de Dios. Los que

eligen vivir en su reino (aunque están todavía muy vivos

en el planeta Tierra) escogen vivir bajo su autoridad.

Quizás un resumen simplificado de la Biblia nos ayude

a entender aún mejor la definición de Dios. Pero voy a

advertirle que es tan sencillo que usted probablemente

lo considerará ridículo.

I. Dios crea los cielos y la tierra y todas las cosas que hay

en ellos, incluso la humanidad. Génesis 1 y 2. 

II. La huminidad, sola, se rebela contra la autoridad de

Dios. Génesis 3.

III. Dios se mueve a través de la historia para restablecer

su autoridad sobre toda la creación. Génesis 4 hasta

Apocalipsis 22.

¿Qué le parece este breve sumario?

Si se pregunta dónde es que usted y yo encajamos en

este bosquejo supersimplificado, observe la categoría

tres. Dios ha estado activo  durante siglos en la tarea de

restablecer su gobierno. Las palabras de Jesús en

Mateo 6 describen el problema: “Ninguno puede servir

a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al

otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis

servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24)

“Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero

vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de

todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino

de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán

añadidas” (Mateo 6:32,33)

Todo esto me lleva a darle noticias provechosas, malas

noticias y buenas noticias. El reino es la esfera invisible

donde Dios gobierna como autoridad suprema. Esas son

las noticias provechosas. Las malas noticias son que, no

queremos que Él nos gobierne; preferimos darnos el

gusto. Preferimos servir a Mamón (la palabra que significa

“riqueza”) que al Señor. El materialismo es el estilo de

vida de muchos jóvenes emprendedores. Hay más malas

noticias: la mayoría de la gente sirve a Mamón. Observe

lo que pasa alrededor. ¿Quién domina, Dios o Mamón?

Lo que sucede es que la mediocre mayoría ha invertido

en el estilo de vida de Mamón.

Ahora, las buenas noticias. No tenemos que vivir de esa

manera. Dios nos ha dado una vía de escape. Se llama

un nacimiento de arriba. Jesús habló de ello cuando un

judío prominente fue a verlo una noche.

“Había un hombre de los fariseos que se llamaba

Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús

de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios

como maestro; porque nadie puede hacer estas señales

que tú haces, si no está Dios con él. Respondió Jesús y

le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere

de nuevo, no puede ver el reino de Dios.

Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo

viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre

de su madre, y nacer?

Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que

no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el

reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y

lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:1-6)

Nicodemo luchó entonces como lo hacemos nosotros

hoy. Francamente, no queremos que nadie nos gobierne.

Somos como la gente en una historia que contó Jesús:

“Pero sus conciudadanos le aborrecían, y enviaron tras

él una embajada, diciendo: No queremos que éste reine

sobre nosotros” (Lucas 19:14)

No nos someteremos al gobierno de Dios hasta que

experimentemos un renacimiento espiritual.

De manera que cuando escribo del reino del reino de

Dios me refiero al derecho de su autoridad sobre nuestra

vida. Sólo hasta entonces podemos  experimentar

verdadera excelencia.

La autoridad del reino de Dios no se acepta fácilmente

en nuestra generación. Tenemos demasiado orgullo para

someternos sin luchar. Queremos hacerlo a nuestro

modo. Empujamos para ocupar el punto más alto; el

lugar de gloria. Haciendo esto, elegimos un estilo de

vida que no da lugar a la sumisión. No es nada nuevo.

En tiempos antiguos vivía un rey cuyo segundo nombre

pudo haber sido orgullo. Ostentaba su riqueza por toda

Babilonia…

 

Del libro: Cómo vivir sobre el nivel de la mediocridad.

Charles Swindoll.

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