Rompiendo el hechizo

Con frecuencia nuestro problema con el aburrimiento

comienza cuando caemos bajo el “hechizo” de la

monotonía. En ese estado cuasihipnótico, somos

absorbidos por una mentalidad de desinterés, de

“¿qué me importa?.” La mediocridad y el cinismo pasivo

esperan a los que caen en la trampa. ¿Cómo luchar?

Debemos dirigir nuestra atención (como Moisés)

(a) al objeto correcto y (b) a la perspectiva correcta.

“Señor, tú nos has sido refugio de generación en

generación. Antes que naciesen los montes y formases

la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú

eres Dios” Salmo 90:1,2

Como  lo hiciera ese antiguo pastor y líder, nosotros

también hemos de comenzar clamando a nuestro Dios:

“Señor” ¡Qué alivio es poder clamar a El!

Cuando lo hacemos, es bueno recordar ante El nuestro

verdadero lugar de residencia. No es aquí en este

insignificante inmueble llamado tierra. Es con El.

¿Lo comprende? “Señor, tú eres mi hogar…

mi habitación… mi refugio”

Moisés se remonta al principio de la creación, cuando

Dios hizo  el mundo, los montes, la tierra y el hombre.

Cuando llevamos nuestro pensamiento lo más atrás

posible, alcanzamos el punto de desaparición: el infinito.

Moisés dice realmente: “Dios, hasta en el punto de

desaparición del pasado y el futuro, el punto más distante

que podamos imaginar, ¡tú estás ahí!”

No podemos sondear semejante jornada. Sólo la podemos

imaginar. Pero cuando vamos lo más atrás que podemos

en nuestro pensamiento (el punto de desaparición del

pasado) y nos bajamos, ahí está Dios. Cuando nos

proyectamos hasta el punto de desaparición del futuro,

el infinito nebuloso del mañana, nuevamente ahí está

nuestro Dios.

Esto quiere decir que cuando voy desde el punto de

desaparición del ayer hasta el punto de desaparición

del mañana y encuentro que Dios está presente,

entonces no hay un solo lugar en toda la extensión de

mi existencia cotidiana donde Dios no no esté.

Para hacerlo más personal, como dice Francis Schaeffer:

“El está presente y no está callado” En la presencia de

Dios hay propósito y significado. Hasta en las cosas que

nos parecen, insignificantes y triviales.

No pierdas la perspectiva correcta:

“Desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios”

Desde mi ayer hasta mi mañana: Dios.

Desde las cosas pequeñas hasta las grandes: Dios.

Desde el comienzo de la escuela hasta el final: Dios.

Desde las tareas que nunca saldrán en los titulares

hasta las cosas que llaman la atención internacional:

Dios.

Desde los primeros años de mis hijos hasta los últimos

que pasemos juntos: Dios.

Tú estás en ellos, Señor.

¡Tú estás presente! Sí, hasta cuando todo sale mal.

En esos días “malos” anidamos el sentimiento de que

merecemos algo mejor, como si fuéramos dueños de

nuestra vida. Cuando en realidad es en las tareas

inferiores de la vida que Dios nos recuerda que El es

dueño de ellas y que El tiene un propósito donde parece

que no hay ninguno. Pruebe eso. La próxima vez que

sienta los pegajosos dedos del hastío recuerde:

“Desde ayer hasta mañana, tú, oh Señor, estás

presente. ¡A tí te importa!” Le ayudará a levantar sus

alas como el águila. Lo sé. Lo he probado muchas veces.

Del libro: Cómo vivir sobre el nivel de la mediocridad.

Charles Swindoll

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