El hombre lo arruinó todo

Capítulo 4

Adán tenía todo a pedir de boca. Fue creado por Dios mismo a su imagen y semejanza, y colocado en el huerto del Edén; fue un plan perfecto, una realización perfecta y un perfecto medio ambiente. Hasta tuvo una esposa perfecta, hecha a medida para él. Dios la hizo de una de las costillas de Adán, que tomó de su cuerpo cierto día mientras éste estaba entregado al sueño. Al despertar y verla Adán, seguramente pensó que soñaba. Pero no. ¡Era real!
_Eva _suspiró_, ¡eres la única mujer en el mundo para mí!
Adán pudo haber comido del fruto del árbol de la vida y vivido eternamente. La vida en un bello jardín, sin problemas de estacionamiento, una esposa hermoa, carente de toda competencia, abundante comida, ausencia de impuestos, sin cuentas que pagar a la lavandería, sin vecinos ruidosos ni reuniones de las comisiones de padre y maestros de la escuela. Hasta tenían comunión con Dios en forma personal, mano a mano. La Biblia dice que Adán y Dios paseaban por el huerto al aire del día. ¡Eso significa una estrecha comunión! Nada los separaba; ni sombras, ni escondites, ni deshonestidades, ni culpabilidad, ni pecado. Perfecta inocencia y libertad.
¿Es posible imaginar que alguien quisiera arruinar una situación tan idílica como esa? Pues bien, eso es exactamente lo que hizo Adán.
Dios le dijo a Adán que podía comer del fruto de todos los árboles del huerto, excepto uno, el árbol de la ciencia del bien y del mal. Ese árbol le estaba vedado. Si comía de él, le dijo Dios, ciertamente moriría. Si no comía de él, perduraría eternamente. Antes de que Adán se aproximara al árbol de la vida, se rebeló. Tenía que probar el fruto prohibido del árol de la ciencia del bien y del mal. Satanás, la serpiente, le dijo a Eva, la mujer de Adán, que si comía de ese árbol, sería como Dios, sabiendo el bien y el mal, y eso, naturalmente, estimuló su apetito. (Hasta aquel momento no existió la maldad. Era inexistente. Dios había declarado que su creación era buena en gran manera)
Una vez despierta la curiosidad, Eva no resistió la tentación y cedió a ella. Comió de la fruta prohibida y le dio a Adán para que probara.
Y esa situación se repite una y otra vez. Las prohibiciones despiertan nuestro apetito. Como prueba de lo que decimos, tomemos un niño y pongámoslo en una pieza con una frutera llena de hermosas manzanas y una de ellas, la más pequeña, con claras señales de tener algún gusano. Se le dice al niño que puede comer todas las manzanas de la frutera, pero que no debe probar la que tiene el gusanito. Salimos de la pieza por cinco minutos. Al volver todas las hermosas manzanas estarían ahí, intactas. Y habrá medio gusano dentro de los restos de la manzana agusanada. La otra mitad estará en el estómago del niño. Es así nuestra naturaleza.
Adán y Eva comieron de la fruta prohibida porque quisieron ser como Dios.
Dios les dijo: _Si comen de fruto morirán_ pero lo que Dios les dijo no les resultó pertinente.
Una serpiente les dijo: _¡Vamos! ¿No creerán que Dios matará su creación favorita… la humanidad? Por supuesto que no.
Su voz era suave como el aceite, ¡tan persuasiva! Y Adán y Eva no fueron precavidos. Todavía no sabían que cuando la gente comienza a razonar buscando la respuesta a sus interrogantes en la mente humana y no en Dios, va en derechura a serios contratiempos. No hay vuelta de hoja.
El diablo actúa siempre en forma engañosa. En la vida real no viste como lo representan en la ficción. En la vida real nunca se presenta vestido de ropa interior roja con una larga cola bifurcada, retorciendo su negro mostacho. Se aproxima suavemente, con mansedumbre, un ángel de luz, una hermosa serpiente, sea cual fuere su disfraz. Y siempre comienza echando dudas sobre la verdad y confiabilidad de la Palabra de Dios. Siempre trata de diluirla, de aguarla con racionalidades.
¿Por qué la mente humana prefiere escuchar la voz de la serpiente a la voz de Dios? Porque, de acuerdo a Isaías 1:5, toda cabeza está enferma. ¿Acaso pensamos que la mitad de nuestra cabeza es confiable? De ninguna manera. Ni un sólo cabello ni nada que esté por debajo de los cabellos es confiable. No es ahora y no lo fue entonces.
En realidad, la única función útil que realiza la cabeza _hasta que nuestra mente sea regenerada y reprogramada por el Espíritu Santo_ es impedir que las orejas batan como las orejas de los elefantes. Nuestras mentes carnales deben ser renovadas, y renovadas, y vueltas a renovar, hasta adquirir la mente de Cristo. En tanto ocurra esto, mientras menos confiemos en nuestras mentes mejor nos irá.
Nuestras mentes “estallaron” en el huerto del Edén. No es preciso ingerir un ácido para hacer estallar nuestras mentes. Una mente estallada es el equipo standard con el que nacemos.
El primer pecado del hombre fue confiar en su propia mente en vez de confiar en el Dios que lo hizo. La antigua versión de Casiodoro de Reina del Manual del Fabricante recién fue editada en el año 1569, de modo que Adán no pudo haber leído Proverbios 3: 5-6, donde dice: “No te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” Pero no fue por ignorancia de la voluntad de Dios lo que hizo tropezar a Adán sino su terquedad en hacer lo que él quería. Y lo hizo.
Súbitamente entró en acción la muerte y el deterioro para toda su descendencia, incluso nosotros. El primer hijo de Adán fue un asesino. Dios maldijo la tierra y dijo: “Tendrás que contender con ella o morirte de hambre” De inmediato comenzaron las mutaciones en el reino vegetal.
Tanto las sustancias químicas como las radiaciones nucleares pueden provocar mutaciones, que son torturantes reprogramaciones de las células de una planta o un animal. Automáticamente recibimos alguna radiación nuclear. Cuando los rayos que provienen del sol chocan contra la atmósfera exterior, se dispersan en radiaciones que denominamos neutrones. En trece minutos, aproximadamente, estos neutrones se separan en protones y electrones, a menos que se combinen con algún otro grupo para formar un elemento. En el proceso de hacerlo así, emiten radiaciones que atentan contra la vida y la destruyen.
Tomamos una semilla de rábano, que es de superficie suave y regular y produce una hoja y planta bien organizada, y la exponemos a la radiación nuclear. Luego plantamos esa semilla ¿y qué observamos? El cardo más horrible y espinoso que jamás vieron nuestros ojos. Si sabemos de alguien que tenga un reactor nuclear, que nos permita llevarle semillas, y ponerlas en el reactor antes de plantarlas, lograremos un jardín lleno de las más horribles mutaciones.
Que hubo mutaciones en el reino vegetal luego de la caída de Adán, surge claro de la redacción del texto de Génesis 3:17-18, que dice: “Y al hombre le dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo” Adán nunca había visto espinas y cardos antes de que pecara. No los había. Pero desde aquel entonces hemos tenido más que una buena producción de ellos.
Pero no sólo el reino vegetal empeoró al pecar Adán, sino que el reino animal se tornó enemigo del hombre. Todo se vino en picada debido al pecado original, que es otro de los nombres que toma el desatino de Adán.
Poco tiempo después que Adán enfermara de pecado original, todo el mundo se contagió, y las cosas llegaron a tal extremo que Dios se arrepintió de haber creado al hombre. El hombre era tan malvado, según dice la Biblia, que “los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Génesis 6:5) Dios decidió que había de comenzar de nuevo, porque el desastre no admitía remiendo alguno.
Pero hubo un hombre que permaneció en contacto con Dios, y Dios le encomendó una comisión.
_Noé _le dijo_ va a llover. Y habrá una inundación. Quiero que construyas un arca.
Le dio claras instrucciones, mejor que cualquier plano, respecto a los materiales a utilizar y sus dimensiones
_Esta será el arca de la liberación _le dijo. Quienquiera suba a bordo se salvará; el que quede en tierra se ahogará.
La cosa era sin medias tintas; además no había una segunda oportunidad.
A Noé le resultó muy difícil entender todo eso, porque su vocabulario no incluía los vocablos “lluvia” o “Inundación” Hasta aquel momento el clima había sido perfecto, y todo se regaba con un vapor que subía de la tierra (Génesis 2:6). Ni siquiera habían inventado los paraguas en aquel entonces. Por cierto que Noé no necesitaba un barco en tierra firme, y no sabía de qué le hablaba Dios. Pero imaginó que Dios sí lo sabía y eso le bastaba. Puso manos a la obra…

El hombre que escucha a Dios nunca marca el paso con el resto del mundo. A él no le interesa, pero al mundo sí…

En el principio el hombre no se parecía en nada a un mono sin pelo; se parecía a Dios. Tampoco actuaba como un mono pelado, hasta que decidió desobedecer a Dios y comer el fruto prohibido. La desobediencia y la rebelión lo pusieron en posición desventajosa, y desde aquel día comenzó a deteriorarse de la gloria en la que Dios lo creó. Los “hechos” de la evolución expresan todo lo contrario de lo que realmente ocurrió.
El primer hombre, en lugar de ser mutante, un horrible mono que hubiera muerto en un par de generaciones, estaba tan lleno de vida que aguantó novecientos treinta años a pesar de haber ingerido un veneno mortal en su juventud. Pero desde entonces a ahora ha disminuido la duración máxima de vida…

Pero no es justo culpar a Adán por todo lo malo que nos ocurre. Dada la oportunidad de obedecer a Dios o hacer su propia voluntad, aún hoy el hombre escogería mal. El hombre nunca abandonó su capacidad de echarlo todo a perder.
Sin Dios, todos y cada uno de los átomos de la creación entera han sido atormentados desde el momento en que Dios maldijo su creación. Nadie está bien, ni nadie se siente satisfecho con algo de su alrededor, hasta que Jesús llega a dar paz…

Del libro: Las monerías de Darwin. Harold Hill.

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