Jesús visita a Marta y María

Aconteció que, yendo de camino, entró en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra.
Marta, en cambio, se preocupaba por muchos quehaceres y, acercándose, dijo:
_Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude.
Respondiendo Jesús, le dijo:
_Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria, y María a escogido la buena parte, la cual no le será quitada.

Lucas 10:38-41 RV95

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Al estar aquí

Al estar en la presencia de tu divinidad
y al contemplar la hermosura de tu santidad,
mi espíritu se alegra en tu majestad
Te adoro a tí… te adoro a tí.

Cuando veo la grandeza de tu dulce amor
y compruebo la pureza de tu corazón,
mi espíritu se alegra en tu majestad
Te adoro a tí… te adoro a tí.

CORO:
Y al estar aquí delante de ti te adoraré.
Postrado ante tí mi corazón te adora oh Dios.
Y siempre quiero estar para adorar y contemplar tu santidad.
Te adoro a tí Señor, te adoro a tí.

Marcos Witt

La agencia libre de Cristo

“Vino luego a Betsaida; y le trajeron un ciego, y le rogaron que le tocase…” (Marcos 8:22-25)

Los hombres llegan a Cristo por diferentes procesos: Uno es hallado por Cristo, otro viene a El, otro es llevado por cuatro; y otro, un ciego, es conducido por la mano. La manera no importa, con tal de que cada uno llegue a El.

I. Es flaqueza de fe esperar la bendición de una manera fija.

“Le pidieron que le tocase”
1. A veces nos imaginamos que la liberación de las dificultades tiene que venir de la manera que nos hemos imaginado.
2. Buscamos la santificación por aflicciones o por un éxtasis especial.
3. Esperamos que el despertamiento ha de tener lugar de un modo estereotipado.

II. Aunque nuestro Señor honra la fe, no se somete a sus flaquezas.

Jesús no hizo nada ante la vista de ellos, sino que le condujo fuera de la ciudad. No quiso ceder a las exigencias de su curiosidad. No le curó instantaneamente como ellos esperaban. Usó un medio que ellos no habían pensado. Puso saliva sobre sus ojos, etc.
1. De este modo rehusó fomentar la superstición que limitaba su poder.
2. Usó un método más adecuado al caso.

III. Aunque nuestro Señor rechaza la flaqueza, honra la fe.

1. El ciego consintió en ser llevado por la mano y Jesús le llevó lejos.
2. Sus amigos habían pedido que le devolviese la vista y el Señor se la dio. Si oramos con fe, El estará de acuerdo con nosotros.

¿Es médico el enfermo, que quiere escoger el remedio? Madam Swetchine

La gente es muy propia a tratar de imponer sus ideas preconcebidas, como hallamos en el caso de Naamán. Encontré en cierta ocasión a una joven a la cual expliqué el camino de salvación por la fe sola. Ella tardaba en aceptarlo y aun en entenderlo; pero cuando por fin lo comprendió, el gozo llenó su corazón y exclamó sorprendida: “Nunca hubiera pensado que las personas pudiesen encontrar la paz de este modo tan sencillo”
“¿Por qué no?”, le pregunté. A lo que ella respondió con energía: “Yo siempre había creído que se tenía que pasar por el infierno para alcanzar el cielo. Mi padre estaba tan desesperado que tuvieron que encerrarle en un manicomio por seis meses, y cuando salió, entonces, al fin, llegó a convertirse”_ C.H.S.

Apuntes de sermones. C.H.Spurgeon. Sermón 107

La trascendencia de la conciencia

Toda libertad tiene un “de qué” y un “para qué”. Si preguntamos “de qué” es libre el hombre, la respuesta es: de ser impulsado, es decir que su yo tiene libertad frente a su ello; en cuanto a “para qué” el hombre es libre, contestaremos: para ser responsable. La libertad de la voluntad humana, consiste, pues, en una libertad de ser impulsado para ser responsable, para tener conciencia.
Este hecho, con su doble aspecto, lo viene a describir del mejor modo posible la sencilla frase imperativa de María Von Ebner-Eschenbach: “Sé dueño de tu voluntad y siervo de tu conciencia”. De esta frase, de esta exigencia ética, vamos nosotros a explicar lo que entendemos por trascendencia de la conciencia.
“Sé dueño de tu voluntad…” Dueño de mi voluntad lo soy ya por el hecho de ser hombre, pero con la condición al mismo tiempo de entender debidamente este mi ser hombre, de comprenderlo precisamente como ser libre, de concebir todo mi ser existente como plenamente ser responsable. Empero si además he de ser “siervo de mi conciencia”, más aún, si he de poderlo ser en absoluto, la conciencia entonces debe ser otra cosa, algo distinto de mi mismo: tiene que ser algo que esté por encima del hombre, este hombre que escucha “la voz de la conciencia”; tiene que ser algo extrahumano. Dicho de otra manera, sólo podré ser siervo de mi conciencia si, al entenderme a mí mismo, entiendo esta última con un fenómeno que trasciende mi mero ser hombre, y por tanto me comprendo a mí mismo, comprendo mi existencia, a partir de la trascendencia. Así pues, no he de concebir el fenómeno de la conciencia simplemente en su facticidad psicológica, sino en su trascendencia esencial: sólo puedo por tanto ser propiamente “siervo de mi conciencia” cuando el intercambio de ésta es un auténtico diálogo, por consiguiente, más que un mero monólogo, cuando mi conciencia es algo más que mi propio yo, cuando es portavoz de algo distinto de mí mismo.
¿Nos equivocamos, pues, en nuestro modo de expresarnos cuando hablamos de una voz de la conciencia? Porque, según lo dicho, la conciencia no podría “tener voz”, ya que ella misma “es” voz: voz de la trascendencia. Esta voz la escucha el hombre solamente, pero no precede de él; al contrario, sólo el carácter trascendente de la conciencia nos permite comprender por vez primera al hombre, y en especial su personalidad, en un sentido profundo. A esta luz la expresión “persona” vendría a adquirir un nuevo significado, puesto que ahora podríamos decir que en la conciencia de la persona humana per-sonat (resuena, retumba, se deja oír con estrépito) una instancia extrahumana. Esta instancia extrahumana ha de ser forzosamente de carácter personal.
Del mismo modo que el ombligo humano considerado por sí mismo no parecería tener sentido, porque ha de entenderse solamente a partir de la “prehistoria” del hombre o, mejor todavía, de su historia antes de nacer, y considerarse como un “resto” en el hombre que trasciende a este último y lo remite a su procedencia del organismo materno en que fue formado, así también la conciencia sólo puede entenderse en su sentido pleno cuando la concebimos remitiéndola a su origen trascendente. Mientras contemplemos al hombre dentro de la ontogenia biológica como un individuo considerado en sí mismo, sin tratar de comprenderlo a partir de sus orígenes, no nos será posible entender todos los aspectos de su organismo.
La conciencia sólo se nos hace comprensible a partir de una región extrahumana, y sólo, por lo tanto, propia y plenamente cuando comprendemos al hombre en su condición de “criatura”, de tal modo que podemos decir: Como señor de mi voluntad soy creador, como siervo de mi conciencia soy criatura. En otras palabras, para explicar la condición humana de ser libre basta la existencialidad; para explicar la condición humana de ser responsable debo empero remitirme a la trascendentalidad del “tener conciencia”

Se ha dicho que la conciencia es la voz de la trascendencia y que, ella misma es trascendente. Así pues, el hombre irreligioso no es sino aquel que ignora esta trascendencia de la conciencia. Porque también el hombre irreligioso tiene, en efecto, conciencia, también él tiene responsabilidad; sólo que no se pregunta más allá, no pregunta ni por el “ante qué” de su responsabilidad ni por el “de dónde” de su conciencia. Mas esto no debe extrañarnos:
En el Primer Libro de Samuel (3:2-9) se describe cómo el joven Samuel dormía una noche en el templo al lado del sumo sacerdote Elí. De repente lo despierta una voz que lo llama poe su nombre. Entonces se levanta y se dirige a Elí para preguntarle qué es lo que quiere de él; pero el sumo sacerdote, que no era quien le había llamado, le mandó que se vuelva a acostar. Lo mismo se repite por segunda vez, y sólo a la tercera el sumo sacerdote aconseja al muchacho que, si oye que de nuevo lo llaman por su nombre, se levante y diga: “¡Habla, Señor, que tu siervo escucha!”
Incluso, pues, el profeta, siendo todavía un adolescente, ignora como tal la llamada que le viene de la trascendencia. ¿Cómo podrá un hombre ordinario reconocer sin más el carácter trascendente de esa voz con que le habla su conciencia? ¿Y cómo habrá de extrañarnos que en general no vea en esa voz que resuena en él sino algo fundamentado en su propio ser?
El hombre irreligioso es, por consiguiente, aquel que acepta su conciencia en la facticidad psicológica de ésta, el que ante este hecho prácticamente se detiene en lo mero inmanente, se para, por decirlo así, antes de tiempo. En efecto, considera la conciencia como una cosa última, como la última instancia ante la cual ha de sentirse responsable. Sin embargo, la conciencia no es el último “ante qué” del ser responsable; no es una “ultimidad”, sino una “penultimidad”. El hombre irreligioso se ha detenido antes de tiempo en su camino en busca de sentido porque no ha ido, no ha preguntado más allá de la conciencia. Es como si hubiera llegado a la cumbre inmediatamente inferior a la más alta. ¿Por qué no sigue adelante? Porque no quiere dejar de seguir teniendo “tierra firme bajo sus pies”; porque la verdadera cima se esconde a su vista, se halla oculta por la niebla, y en esta niebla, en esto desconocido, nuestro hombre no se atreve a internarse. A ello sólo se atreve precisamente el hombre religioso. ¿Qué puede sin embargo impedir que ambos, allí donde uno se queda parado y el otro se decide a emprender la ruta final, se despidan mutuamente sin rencor?
Justamente el hombre religioso debiera también ser capaz de respetar esta decisión negativa de su semejante; debiera no sólo reconocerla como posibilidad de principio, sino igualmente aceptarla como realidad de hecho. Porque precisamente el hombre religioso ha de saber que la libertad de tal decisión ha sido querida, creada por Dios; en efecto, hasta tal punto el hombre es libre, ha sido hecho libre por su Creador, que esta libertad es una libertad hasta el no, va tan lejos que la criatura puede decidirse aun en contra de su propio Creador, puede incluso negar a Dios.
A decir verdad, el hombre a veces se contenta con negar solamente el nombre de Dios; con arrogancia habla entonces de “lo divino” o de “la divinidad”, y aun a esta última preferiría dar un nombre particular u ocultarla a toda costa con expresiones vagas y nebulosas de tintes panteístico. Pues así como se requiere un poco de valentía para confesar abiertamentente algo,, una vez que se ha conocido, también se requiere un poco de humildad para llamar a eso mismo con la palabra que los hombres vienen utilizando desde hace miles de años; simplemente con la palabra: Dios.

Del Libro: La presencia ignorada de Dios. Viktor Frankl

Amor y poder

En el libro In Season, Out of Season [En temporada y fuera de temporada], Jacques Ellul, el sociólogo francés ya fallecido, reflejó su larga y productiva vida. Al mirar hacia atrás, vio que su pensamiento y sus acciones provenían de dos caminos paralelos. En el camino secular más activista, fue pionero en la Resistencia Francesa, trabajó en el gobierno de la ciudad y en causas ambientales. En el campo espiritual, la fe cristiana de Ellul encontró la expresión en la vida devocional y en el servicio como pastor y profesor de seminario. Sin embargo, con un tono de desilusión, admitió que jamás ligró unir los dos caminos de forma satisfactoria.
La desilusión de Ellul se desarrolló en los pasillos del poder, durante los períodos como líder denominacional y político. Las experiencias que tuvo allí provocaron que se cuestionara si el cambio vendría alguna vez del interior de las instituciones.
_¿Puede alguna estructura transmitir el amor cristiano y compasión?_ preguntó Ellul.
El leer acerca de su lucha me puso a pensar sobre la amplia grieta que separa al poder del amor.
Si pudiéramos hacer un mapa de la historia de la iglesia cristiana en un gráfico tan simple y revelador como el de un informe del mercado de valores, veríamos incrementos enormes en el poder de la iglesia. Primero la fe cristiana conquistó el Cercano Oriente, después Roma y luego toda Europa. Seguidamente se propagó al Nuevo Mundo y finalmente a África y Asia. Sin embargo, lo más extraño de todo, los picos de éxito y poder terrenal también marcan los picos de intolerancia y crueldad religiosa, aquellas manchas en la historia de la iglesia de las que estamos avergonzados en la actualidad. Conquistadores que convirtieron al Nuevo Mundo a punta de espada, y exploradores cristianos en África que cooperaron con el comercio de esclavos… aún sentimos las réplicas de sus errores.
A lo largo de historia cristiana, el amor ha tenido una coexistencia difícil con el poder. Por esta razón me preocupo por el incremento de poder en el movimiento evangélico. Una vez fuimos ignorados o despreciados. En la actualidad se mencionan con frecuencia en las noticias y son cortejados por todo político sabio, al menos por cada político republicano sabio. Varios movimientos políticos han aparecido de forma repentina con un aroma distintivo para ellos. Encuentro esta tendencia alentadora y alarmante. ¿Por qué alarmante? Independientemente del valor de un tema determinado (ya sea el lobby a favor de la vida de la derecha o de la izquierda por asuntos ambientales), los movimientos políticos se arriesgan a quedar cubiertos con el manto del poder que sofoca el amor. Un movimiento por naturaleza traza líneas, hace distinciones, emite juicios; en contraste, el amor borra las líneas, vence la distinción y dispensa gracia.
Bajo ningún punto de vista llamo a adoptar una postura de ostracismo, de esconderse de los temas que confrontan a los cristianos con la sociedad. Se deben confrontar, dirigir y legislar. Pero las palabras de Pablo continuan persiguiéndome: “Si hablo en lenguas humanas y angélicales (…) Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo el conocimiento, pero me falta el amor, no soy nada” (2 Corintios 13: 1-2). De alguna forma, a menos que nuestro poder sea para corroer como aquel de los líderes religiosos bien intencionados que nos precedieron, debemos acercar el poder con humildad, temor y amor que consuma a nuestros receptores.
Jesús no dijo: “Todos sabrán que son mis discípulos… si aprueban leyes, sofocan la inmoralidad y restauran la decencia a la familia y al gobierno”, sino más bien: “si se aman los unos a los otros” (Juan 13:35)
Declaró esta afirmación, por supuesto, la noche antes de su muerte.
Jamás los estilos contrastantes del poder de Dios y el poder humano se habían desplegado de forma tan abierta. El poder del imperio romano y todas las fuerzas de las autoridades religiosas judías, colisionaron de frente con el poder de Dios.
De forma sorprendente, en ese momento, Dios escogió el camino de la debilidad deliberada. Podía haber llamado a diez mil ángeles, pero no lo hizo. Mientras miro hacia atrás, hacia esa noche oscura y también hacia otras noches oscuras de la historia, me maravillo frente a la restricción que Dios mostró.
Creo que Dios se contuvo a sí mismo por una razón: sabe la limitación inherente de cualquier forma de poder. Puede hacer todo, excepto lo más importante. No puede forzar el amor. En un campo de concentración, como tantos han contado testimonios conmovedores, los guardias tenían el poder final y podían forzar cualquier cosa. Podían hacer que uno renunciara a Dios, maldijera a la familia, trabajara sin recibir paga, comiera excremento humano, matara y después enterrara a su mejor amigo… o incluso a su propio hijo. Todo esto se encuentra dentro de su poder. Hay una sola cosa que no está: el amor. No pueden forzarte a que los ames.
El amor no funciona de acuerdo a las reglas del poder, y jamás puede forzarse. Es un hecho, podemos vislumbrar el hilo de la razón detrás del uso (o del no uso) de poder de Dios. Está interesado en una sola cosa de nosotros: nuestro amor. Esa es la razón por la cual nos creó. Y ningún despliegue pirotécnico de omnipotencia alcanzará eso, solo su vaciamiento final para unirse a nosotros y después morir por nosotros. En este punto está el amor.
Cada niño de la escuela dominical puede citar la teología más profunda: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito”. Y, cuando todo eso se evapora, queda lo que realmente es el evangelio cristiano, no una demostración de poder sino una demostración de amor.

Del libro: Me pregunto ¿por qué?. Philip Yancey