Amor y poder

En el libro In Season, Out of Season [En temporada y fuera de temporada], Jacques Ellul, el sociólogo francés ya fallecido, reflejó su larga y productiva vida. Al mirar hacia atrás, vio que su pensamiento y sus acciones provenían de dos caminos paralelos. En el camino secular más activista, fue pionero en la Resistencia Francesa, trabajó en el gobierno de la ciudad y en causas ambientales. En el campo espiritual, la fe cristiana de Ellul encontró la expresión en la vida devocional y en el servicio como pastor y profesor de seminario. Sin embargo, con un tono de desilusión, admitió que jamás ligró unir los dos caminos de forma satisfactoria.
La desilusión de Ellul se desarrolló en los pasillos del poder, durante los períodos como líder denominacional y político. Las experiencias que tuvo allí provocaron que se cuestionara si el cambio vendría alguna vez del interior de las instituciones.
_¿Puede alguna estructura transmitir el amor cristiano y compasión?_ preguntó Ellul.
El leer acerca de su lucha me puso a pensar sobre la amplia grieta que separa al poder del amor.
Si pudiéramos hacer un mapa de la historia de la iglesia cristiana en un gráfico tan simple y revelador como el de un informe del mercado de valores, veríamos incrementos enormes en el poder de la iglesia. Primero la fe cristiana conquistó el Cercano Oriente, después Roma y luego toda Europa. Seguidamente se propagó al Nuevo Mundo y finalmente a África y Asia. Sin embargo, lo más extraño de todo, los picos de éxito y poder terrenal también marcan los picos de intolerancia y crueldad religiosa, aquellas manchas en la historia de la iglesia de las que estamos avergonzados en la actualidad. Conquistadores que convirtieron al Nuevo Mundo a punta de espada, y exploradores cristianos en África que cooperaron con el comercio de esclavos… aún sentimos las réplicas de sus errores.
A lo largo de historia cristiana, el amor ha tenido una coexistencia difícil con el poder. Por esta razón me preocupo por el incremento de poder en el movimiento evangélico. Una vez fuimos ignorados o despreciados. En la actualidad se mencionan con frecuencia en las noticias y son cortejados por todo político sabio, al menos por cada político republicano sabio. Varios movimientos políticos han aparecido de forma repentina con un aroma distintivo para ellos. Encuentro esta tendencia alentadora y alarmante. ¿Por qué alarmante? Independientemente del valor de un tema determinado (ya sea el lobby a favor de la vida de la derecha o de la izquierda por asuntos ambientales), los movimientos políticos se arriesgan a quedar cubiertos con el manto del poder que sofoca el amor. Un movimiento por naturaleza traza líneas, hace distinciones, emite juicios; en contraste, el amor borra las líneas, vence la distinción y dispensa gracia.
Bajo ningún punto de vista llamo a adoptar una postura de ostracismo, de esconderse de los temas que confrontan a los cristianos con la sociedad. Se deben confrontar, dirigir y legislar. Pero las palabras de Pablo continuan persiguiéndome: “Si hablo en lenguas humanas y angélicales (…) Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo el conocimiento, pero me falta el amor, no soy nada” (2 Corintios 13: 1-2). De alguna forma, a menos que nuestro poder sea para corroer como aquel de los líderes religiosos bien intencionados que nos precedieron, debemos acercar el poder con humildad, temor y amor que consuma a nuestros receptores.
Jesús no dijo: “Todos sabrán que son mis discípulos… si aprueban leyes, sofocan la inmoralidad y restauran la decencia a la familia y al gobierno”, sino más bien: “si se aman los unos a los otros” (Juan 13:35)
Declaró esta afirmación, por supuesto, la noche antes de su muerte.
Jamás los estilos contrastantes del poder de Dios y el poder humano se habían desplegado de forma tan abierta. El poder del imperio romano y todas las fuerzas de las autoridades religiosas judías, colisionaron de frente con el poder de Dios.
De forma sorprendente, en ese momento, Dios escogió el camino de la debilidad deliberada. Podía haber llamado a diez mil ángeles, pero no lo hizo. Mientras miro hacia atrás, hacia esa noche oscura y también hacia otras noches oscuras de la historia, me maravillo frente a la restricción que Dios mostró.
Creo que Dios se contuvo a sí mismo por una razón: sabe la limitación inherente de cualquier forma de poder. Puede hacer todo, excepto lo más importante. No puede forzar el amor. En un campo de concentración, como tantos han contado testimonios conmovedores, los guardias tenían el poder final y podían forzar cualquier cosa. Podían hacer que uno renunciara a Dios, maldijera a la familia, trabajara sin recibir paga, comiera excremento humano, matara y después enterrara a su mejor amigo… o incluso a su propio hijo. Todo esto se encuentra dentro de su poder. Hay una sola cosa que no está: el amor. No pueden forzarte a que los ames.
El amor no funciona de acuerdo a las reglas del poder, y jamás puede forzarse. Es un hecho, podemos vislumbrar el hilo de la razón detrás del uso (o del no uso) de poder de Dios. Está interesado en una sola cosa de nosotros: nuestro amor. Esa es la razón por la cual nos creó. Y ningún despliegue pirotécnico de omnipotencia alcanzará eso, solo su vaciamiento final para unirse a nosotros y después morir por nosotros. En este punto está el amor.
Cada niño de la escuela dominical puede citar la teología más profunda: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito”. Y, cuando todo eso se evapora, queda lo que realmente es el evangelio cristiano, no una demostración de poder sino una demostración de amor.

Del libro: Me pregunto ¿por qué?. Philip Yancey

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