La trascendencia de la conciencia

Toda libertad tiene un “de qué” y un “para qué”. Si preguntamos “de qué” es libre el hombre, la respuesta es: de ser impulsado, es decir que su yo tiene libertad frente a su ello; en cuanto a “para qué” el hombre es libre, contestaremos: para ser responsable. La libertad de la voluntad humana, consiste, pues, en una libertad de ser impulsado para ser responsable, para tener conciencia.
Este hecho, con su doble aspecto, lo viene a describir del mejor modo posible la sencilla frase imperativa de María Von Ebner-Eschenbach: “Sé dueño de tu voluntad y siervo de tu conciencia”. De esta frase, de esta exigencia ética, vamos nosotros a explicar lo que entendemos por trascendencia de la conciencia.
“Sé dueño de tu voluntad…” Dueño de mi voluntad lo soy ya por el hecho de ser hombre, pero con la condición al mismo tiempo de entender debidamente este mi ser hombre, de comprenderlo precisamente como ser libre, de concebir todo mi ser existente como plenamente ser responsable. Empero si además he de ser “siervo de mi conciencia”, más aún, si he de poderlo ser en absoluto, la conciencia entonces debe ser otra cosa, algo distinto de mi mismo: tiene que ser algo que esté por encima del hombre, este hombre que escucha “la voz de la conciencia”; tiene que ser algo extrahumano. Dicho de otra manera, sólo podré ser siervo de mi conciencia si, al entenderme a mí mismo, entiendo esta última con un fenómeno que trasciende mi mero ser hombre, y por tanto me comprendo a mí mismo, comprendo mi existencia, a partir de la trascendencia. Así pues, no he de concebir el fenómeno de la conciencia simplemente en su facticidad psicológica, sino en su trascendencia esencial: sólo puedo por tanto ser propiamente “siervo de mi conciencia” cuando el intercambio de ésta es un auténtico diálogo, por consiguiente, más que un mero monólogo, cuando mi conciencia es algo más que mi propio yo, cuando es portavoz de algo distinto de mí mismo.
¿Nos equivocamos, pues, en nuestro modo de expresarnos cuando hablamos de una voz de la conciencia? Porque, según lo dicho, la conciencia no podría “tener voz”, ya que ella misma “es” voz: voz de la trascendencia. Esta voz la escucha el hombre solamente, pero no precede de él; al contrario, sólo el carácter trascendente de la conciencia nos permite comprender por vez primera al hombre, y en especial su personalidad, en un sentido profundo. A esta luz la expresión “persona” vendría a adquirir un nuevo significado, puesto que ahora podríamos decir que en la conciencia de la persona humana per-sonat (resuena, retumba, se deja oír con estrépito) una instancia extrahumana. Esta instancia extrahumana ha de ser forzosamente de carácter personal.
Del mismo modo que el ombligo humano considerado por sí mismo no parecería tener sentido, porque ha de entenderse solamente a partir de la “prehistoria” del hombre o, mejor todavía, de su historia antes de nacer, y considerarse como un “resto” en el hombre que trasciende a este último y lo remite a su procedencia del organismo materno en que fue formado, así también la conciencia sólo puede entenderse en su sentido pleno cuando la concebimos remitiéndola a su origen trascendente. Mientras contemplemos al hombre dentro de la ontogenia biológica como un individuo considerado en sí mismo, sin tratar de comprenderlo a partir de sus orígenes, no nos será posible entender todos los aspectos de su organismo.
La conciencia sólo se nos hace comprensible a partir de una región extrahumana, y sólo, por lo tanto, propia y plenamente cuando comprendemos al hombre en su condición de “criatura”, de tal modo que podemos decir: Como señor de mi voluntad soy creador, como siervo de mi conciencia soy criatura. En otras palabras, para explicar la condición humana de ser libre basta la existencialidad; para explicar la condición humana de ser responsable debo empero remitirme a la trascendentalidad del “tener conciencia”

Se ha dicho que la conciencia es la voz de la trascendencia y que, ella misma es trascendente. Así pues, el hombre irreligioso no es sino aquel que ignora esta trascendencia de la conciencia. Porque también el hombre irreligioso tiene, en efecto, conciencia, también él tiene responsabilidad; sólo que no se pregunta más allá, no pregunta ni por el “ante qué” de su responsabilidad ni por el “de dónde” de su conciencia. Mas esto no debe extrañarnos:
En el Primer Libro de Samuel (3:2-9) se describe cómo el joven Samuel dormía una noche en el templo al lado del sumo sacerdote Elí. De repente lo despierta una voz que lo llama poe su nombre. Entonces se levanta y se dirige a Elí para preguntarle qué es lo que quiere de él; pero el sumo sacerdote, que no era quien le había llamado, le mandó que se vuelva a acostar. Lo mismo se repite por segunda vez, y sólo a la tercera el sumo sacerdote aconseja al muchacho que, si oye que de nuevo lo llaman por su nombre, se levante y diga: “¡Habla, Señor, que tu siervo escucha!”
Incluso, pues, el profeta, siendo todavía un adolescente, ignora como tal la llamada que le viene de la trascendencia. ¿Cómo podrá un hombre ordinario reconocer sin más el carácter trascendente de esa voz con que le habla su conciencia? ¿Y cómo habrá de extrañarnos que en general no vea en esa voz que resuena en él sino algo fundamentado en su propio ser?
El hombre irreligioso es, por consiguiente, aquel que acepta su conciencia en la facticidad psicológica de ésta, el que ante este hecho prácticamente se detiene en lo mero inmanente, se para, por decirlo así, antes de tiempo. En efecto, considera la conciencia como una cosa última, como la última instancia ante la cual ha de sentirse responsable. Sin embargo, la conciencia no es el último “ante qué” del ser responsable; no es una “ultimidad”, sino una “penultimidad”. El hombre irreligioso se ha detenido antes de tiempo en su camino en busca de sentido porque no ha ido, no ha preguntado más allá de la conciencia. Es como si hubiera llegado a la cumbre inmediatamente inferior a la más alta. ¿Por qué no sigue adelante? Porque no quiere dejar de seguir teniendo “tierra firme bajo sus pies”; porque la verdadera cima se esconde a su vista, se halla oculta por la niebla, y en esta niebla, en esto desconocido, nuestro hombre no se atreve a internarse. A ello sólo se atreve precisamente el hombre religioso. ¿Qué puede sin embargo impedir que ambos, allí donde uno se queda parado y el otro se decide a emprender la ruta final, se despidan mutuamente sin rencor?
Justamente el hombre religioso debiera también ser capaz de respetar esta decisión negativa de su semejante; debiera no sólo reconocerla como posibilidad de principio, sino igualmente aceptarla como realidad de hecho. Porque precisamente el hombre religioso ha de saber que la libertad de tal decisión ha sido querida, creada por Dios; en efecto, hasta tal punto el hombre es libre, ha sido hecho libre por su Creador, que esta libertad es una libertad hasta el no, va tan lejos que la criatura puede decidirse aun en contra de su propio Creador, puede incluso negar a Dios.
A decir verdad, el hombre a veces se contenta con negar solamente el nombre de Dios; con arrogancia habla entonces de “lo divino” o de “la divinidad”, y aun a esta última preferiría dar un nombre particular u ocultarla a toda costa con expresiones vagas y nebulosas de tintes panteístico. Pues así como se requiere un poco de valentía para confesar abiertamentente algo,, una vez que se ha conocido, también se requiere un poco de humildad para llamar a eso mismo con la palabra que los hombres vienen utilizando desde hace miles de años; simplemente con la palabra: Dios.

Del Libro: La presencia ignorada de Dios. Viktor Frankl

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