¡Aprenda a surfear la comunicación!

Es fácil concluir que quienes proveen a los antivalores con armas efectivas, así como también aquellos que desean seguir manteniendo llenas sus arcas a costa de las vidas ajenas, estudian día y noche para desempeñarse como expertos en un buen manejo de la comunicación.

¿Por qué quienes deseamos hacer el trabajo opuesto con frecuencia despreciamos ese poder y entregamos mansamente nuestro cuello al hacha del verdugo? ¿No sería más inteligente modernizarse y dedicarle un tiempo a desarrollar mejores técnicas de comunicación? En este caso, la imagen de la tabla y el surfista lo que le quiere decir es que aprenda a comunicarse con sus educando.

Desde mi puesto de escritura, puedo ya escuchar la aguda crítica de un lector excéptico que, al leer lo anterior, se cruzará de brazos diciendo: “¿Aprender a comunicarme? Comunicarme es los que hago todos los días y a cada momento y seguro no me ha servido de mucho”

Tal vez, si esta es su argumentación, haya de concederle un porcentaje de razón en cuanto a la primera parte de ella, puesto que algo que no podemos dejar de hacer los humanos es comunicarnos. No obstante, es preciso aclarar que cuando aquí mencionamos el tema de la comunicación no nos referimos a esas conversaciones que tenemos cotidianamente sobre el tiempo, el tráfico o las noticias de la mañana; o a los “sabios” consejos que repartimos a la hora del desayuno, sino a hacer uso de un sistema de transmisión e intercambio de la información razonado, planificado y eficiente.

Si excusa el lector mi atrevimiento, tengo profundas reservas acerca del dominio efectivo de esa habilidad por parte de la mayoría de quienes afirman hacer uso cotidiano de ella, tal como la acabamos de definir. Particularmente, cuando la interacción se realiza entre personas vinculadas afectivamente, la distorción causada por los elementos emocionales es equivalentes a la que ocurre cuando tratamos de dictar una clase sobre el Teorema de Pitágoras en medio de una sabana azotada por un torrencial aguacero. Es lógico antcipar la confusión que se producirá en lo tratado y, seguramente, bajo los efectos de la neumonía resultante, desearemos que el dichoso teorema, con sus conclusiones y todo, se vaya al mismo Infierno.

Por eso, tal vez lo más sensato sea reconocer con humildad que, en más ocasiones de las que creemos, los humanos no hacemos más que gritar en medio de una lluvia de sonidos inútiles, en lugar de conectarnos correctamente con nuestros semejantes, definiendo el sentido y la meta de la comunicación.

Paul Watzlawick, uno de los fundadores de la llamada Escuela de Palo Alto, en California, nos ofrece un buen paraguas para guarecernos del diluvio confusional y fortalecer nuestras estrategias. Tomemos para comenzar, uno de los conceptos que menciona el científico en su famoso libro Cambio.

 

Técnica de recodificación o “reenmarcación” de los mensajes

 

Con esta designación, Watzlawick se refiere a que todo mensaje o trozo de comunicación contiene una estructura lógica particular, la cual es susceptible de ser modificada para designarle otro significado distinto al que originalmente se le había dado. Al hacer esto, toda la configuración se transforma y el resultado puede ser completamente distinto al que se esperaba en un principio.

Como tal vez sea algo complicado explicar este mecanismo sin ejemplificarlo, me permitiré tomar una muestra del excelente trabajo que hacía, a este respecto, una madre con quien tuve oportunidad de trabajar en un momenti dado.

La buena señora _a quien llamaremos S_ tenía dos hijos. Uno de ellos, A, era bastante ordenado, estudioso y, en general, no daba motivos para mayores preocupaciones. Su hermano B, por el contrario, vivía creando problemas amparado en la queja articial de que no era bien tratado por la familia, simplemente por el hecho de ser de menos edad.

Según la versión de las cosas del menor, al mayor se le permitía absolutamente todo, mientras que a él se le reprimía o se le castigaba injustamente (ser objeto de “injusticias” es una de las banderas de lucha más frecuentes en la adolescencia). Apoyado por tal convicción, a menudo B se mostraba hostil con todo el mundo, pero atacaba con especial saña al hermano, a quien hacía objeto de descalificaciones e insultos que solían desembocar en riñas absurdas y a veces hasta violentas entre ellas.

Desesperada la señora S por advertir el extremo resentimiento de su hijo, quien además daba signos de sentirse cómodo y aceptado en un grupo de amigos nada recomendables, optó por una táctica más razonable que las reprimendas a las que hasta entonces ambos padres acostumbraban recurrir.

En un momento en el cual B comenzó a molestar a A cambiándole arbitrariamente el canal del televisor y lanzándole piezas de Lego a la cabeza para distraer la atención que quería poner en su programa, la madre se acercó diciéndole a su hijo A que no interpretara tal actitud como agresiva o poco amistosa. Adoptando una actitud altamente comprensiva le apuntó que, según la observación que ella había realizado en los últimos tiempos, su hermano lo admiraba sobremanera y solo deseaba estar cerca de él, aun cuando fuera molestándolo. Todas sus acciones de fastidiarlo no eran más que síntomas de un aprecio y de una necesidad de tenerlo cerca que no hallaba otra forma de demostrar.

Lógicamente el menor, al escuchar tales palabras, reforzó su actitud burlona y desafiante, la cual ahora incluía también a la señora S.

Sin mostrarse alterada, la madre codificó aquel comportamiento como una raificación de la anteriormente expuesto, dejando establecido que era agrediendo de aquella triste forma como el muchacho mostraba su profundo afecto frustrado. Acto seguido, se dirigió a él asegurándole que ya todos en casa habían entendido el mensaje y que, al igual que su hermano mayor, le amaban y ahora entendían que en verdad lo habían descuidado un poco; pero que de allí en adelante comenzaría a haber cambios en sus actuaciones y todos les demostrarían más eficientemente el cariño que le profesaban.

Vale decir que su hábil discurso estaba desprovisto de cualquier signo de ironía o manipulación. La señora S pronunciaba cada palabra dando genuinas e inequívocas muestras de honestidad. Al considerar que ya su parlamento había concluido, se aproximó al muchacho con los brazos extendidos como para darle un abrazo, con lo que logró que este saliera disparado por la puerta para alejarse de la nueva y extraña actitud que ya comenzaba a complicarle la vida.

Unos cuantos ensayos más de esta nueva política fueron suficiente para que comenzaran a notarse cambios importantes en la conducta de B. Tanto la madre como los restantes miembros de la familia, aleccionados por ella, cambiaron los reproches y los castigos que se le aplicaban a su comportamiento molesto por demostraciones cordiales que no cedían ante las expresiones de rechazo de parte del joven.

A las pocas semanas de aquel tratamiento aplicado en forma sistemática, la situación se había vuelto más manejable y, con el tiempo, el muchacho se pudo ir integrando al grupo familiar dentro de un estilo más ordenado y gratificante para todos.

Fin de mi relato.

Preguntémonos ahora: ¿qué hizo la señora para movilizar el cambio en este caso? La respuesta es sencilla. Ella no escogió la conducta habitual que recomienda el manual de padres del siglo XV, como es regañar, castigar o humillar al hijo y mucho menos mesarse los cabellos, esparciendo por doquier la semilla del mea culpa. Su habilidad consistió en cambiar el significado de la actitud negativa, dándole una connotación contraria a aquella que B dseaba transmitir.

Pero examinemos con más detalle todavía la estructura central de esa estrategia exitosa. Los elementos básicos _inconscientes tal vez_ que sostenían la conducta previa del hijo menor como su himno de batalla eran los siguientes:

“Voy a crear la idea de que no me siento querido (lo cual no era cierto) por ser el menor de edad”

“Basado en esta premisa, ataco a mi hermano, por considerarlo el preferido de todos y alguien que me roba el puesto que deseo. De ese modo, me salgo con la mía en el plan de víctima de una injusticia y termino por hacer lo que me plazca sin que me estorben”

“Si mi comportamiento molesto y desafiante de los valores familiares es reprimido o censurado, mi protesta pasa a ser aún más justificada y, puedo identificarme con los pares desadaptados que encuentro en la calle o en el colegio”

De manera muy inteligente, la madre atacó simultáneamente cada uno de estos puntos con solo afirmar que el joven no tenía malas, sino buenas intenciones y que no era él quien tenía que cambiar, sino el resto de la familia.

Sin dejar lugar para las dudas, expuso a quienes compartían aquella pesadilla su convicción de que, a pesar de que B usaba un estilo equivocado, su motivación tenía un fondo positivo: una admiración  por su hermano y un deseo de sentirse mas aceptable como un ser amado. Al muchacho problemático, por su parte, le dejó claro que se le consideraba un buen chico y que no era rechazado en absoluto, puesto que en casa estaban preocupados y dispuesto a ayudarle.

Mediante la aplicación de la estrategia elegida, la madre quedaba en dos posiciones positivas. Por un lado, si su hijo aceptaba sus planteamientos, era muy posible que modificara la actitud molesta, en vista de que no encontraría ningún “canto patriótico” en el cual apoyarse. Por otro lado, si decidía continuar comportándose como lo venía haciendo, le daría a ella la razón en su formulación del problema y los familiares insistirían entonces, atosigándole con charlas redentoras y frecuentes demostraciones amorosas.

Podemos apreciar en este caso el cambio de significado de un mensaje negativo hacia uno positivo mediante una técnica que no lo combate frontalmente _como quien camina de pecho abierto contra las olas_ sino usando los mismos esquemas del “enemigo” en sentido contrario, al estilo de los surfistas más hábiles.

La recodificación tiene como efecto principal despojar el mensaje de la significación original, evitando así las confrontaciones que se darían si uno permanece en el campo previamente determinado por el emisor.

 

Del libro: ¿Y cuándo ganan los buenos? de César Landaeta.

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