No hay otro Evangelio

Estoy asombrado de que tan pronto os habéis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un Evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren alterar el Evangelio de Cristo. Pero si aún nosotros, o un ángel del cielo, os anuncia un evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora os repito: Si alguien os predica un evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema.

¿Acaso busco ahora la aprobación de los hombres o la de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Jesucristo.

Pero os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es invención humana, pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.
Ya habéis oído de mi conducta en otro tiempo en el judaísmo, que perseguí sobremanera a la iglesia de Dios y la asolaba.
En el judaísmo aventajaba a muchos de mis contemporáneos en mi nación, siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres. Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicara entre los gentiles, no me apresuré a consultar a ningún ser humano.
Tampoco subí a Jerusalén para ver a los que eran apóstoles antes que yo, sino que fui a Arabia y volví de nuevo a Damasco.
Después pasado tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro y permanecí con él quince días; pero no vi a nungún otro de los apóstoles, sino a Jacobo, hermano del Señor.
Después fui a las regiones de Siria y de Cilicia; pero no me conocían personalmente las iglesias de Judea que están en Cristo, pues sólo habían oído decir: “Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo combatía” Y glorificaban a Dios a causa de mí.
Después, pasados catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando también conmigo a Tito.
Subí debido a una revelación y, para no correr o haber corrido en vano, expuse en privado a los que tenían cierta reputación, el Evangelio que predico entre los gentiles. Pero ni aun Tito, que estaba conmigo, con todo y ser griego, fue obligado a circuncidarse, a pesar de los falsos hermanos que se habían introducido entre nosotros a escondidas, para espiar nuestra libertad _la que tenemos en Cristo Jesús_, para reducirnos a esclavitud. A los tales ni por un momento accedimos a someternos, para que la Verdad del Evangelio permaneciera  con nosotros.
Pero los que tenían reputación de ser algo (lo que hayan sido en otro tiempo nada me importa; Dios no hace acepción de personas), a mí, pues, los de reputación nada nuevo me comunicaron. Antes por el contrario, como vieron que me había sido encomendado el Evangelio de la incircuncisión, como a Pedro el de la circuncisión (pues el que actuó en Pedro para el apostolado de la circuncisión actuó también en mí para con los gentiles), y reconociendo la gracia que me había sido dada, Jacobo, Pedro y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de  compañerismo, para que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los de la circuncisión. Solamente nos pidieron que nos acordáramos de los pobres; lo cual también me apresuré en cumplir con diligencia.

Carta de Pablo a los Gálatas. Capítulo 1,2. RV95

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