No puede entrar

_No puede entrar _dice el viejo. Cierro al mediodía. Si quiere, puede volver a las cuatro de la tarde.
La puerta está abierta. Veo el interior, aunque no con nitidez a causa de la claridad del día.
_Sólo un minuto. Me gustaría rezar una oración.
_Lo siento mucho. Ya está cerrada.

Él escucha mi conversación con el viejo. No dice nada.

_Está bien, nos vamos _digo. No vale la pena discutir.

Él  sigue mirándome; sus ojos están vacíos, distantes.
_¿No quieres ver la capilla? _pregunta.
Sé que no le gusta mi actitud. Le debo parecer floja, cobarde, incapaz de luchar por lo que quiero. Sin necesidad de un beso, la princesa se transforma en sapo.
_Acuérdate de ayer _digo. Tú cerraste la conversación en el bar porque no tenías ganas de discutir. Ahora, cuando yo hago lo mismo, me censuras.

El viejo contempla, impasible, nuestra discusión. Debe de estar contento de que ocurra algo allí, delante de él, en un sitio donde todas las mañanas, todas las tardes y todas las noches son iguales.

_La puerta de la iglesia está abierta _dice él, dirigiéndose al viejo. Si quiere dinero, algo le podemos dar. Pero ella quiere ver la iglesia.
_Ya es tarde.
_Muy bien. Entraremos de cualquier modo.
Él me agarra del brazo y entra conmigo.
Mi corazón se dispara. El viejo puede volverse agresivo, llamar a la policía, arruinar nuestro viaje.
_¿Por qué haces esto?
_Porque quieres ir a la capilla _es su respuesta.
Pero no logro concentrarme en lo que hay allí; esa discusión, y mi actitud, han roto el encanto de una mañana casi perfecta.
Mi oído está atento a lo que pasa fuera: imagino continuamente al viejo saliendo y a la policía del pueblo llegando. Invasores de capillas. Ladrones. Están haciendo algo prohibido, violando la ley. ¡El viejo dijo que estaba cerrada, que no era hora de visita! Él es un pobre viejo que no nos puede impedir que entremos, y la policía será más dura porque no respetamos a un anciano.

Me quedo allí dentro sólo el tiempo necesario para mostrar que cumplo con mi voluntad. El corazón me sigue latiendo con tanta fuerza que tengo miedo de que él me oiga.
_Podemos marcharnos _digo, cuando ha pasado el tiempo que yo calculo necesario para rezar un avemaría.
_No tengas miedo, Pilar. Tú no puedes “representar”
Yo no quería que el problema con el viejo se transformara en un problema con él. Necesitaba conservar la calma.
_No sé qué es eso de “representar” -respondo.
_Ciertas personas viven peleadas con alguien, peleadas con ellas mismas, peleadas con la vida. Así, empiezan a montar una especie de pieza teatral en su cabeza, y escriben el guión según sus frustraciones.
_Yo conozco a mucha gente así. Sé de lo que estás hablando.
_Y lo peor es que no pueden representar esa pieza de teatro solas _prosigue. Entonces comienzan a convocar a otros actores. Es lo que hizo ese sujeto. Quería vengarse de algo, y nos escogió a nosotros. Si hubiésemos aceptado su prohibición, ahora nos sentiríamos arrepentidos y derrotados. Habríamos pasado a formar parte de su vida mezquina y de sus frustraciones. La agresión de ese señor era visible, y resultó fácil evitar entrar en su juego. Hay otras pesonas que nos “convocan” cuando comienzan a comportarse como víctimas, quejándose de las injusticias de la vida, pidiendo que los demás estén de acuerdo, den consejos, participen.
Me miró a los ojos.
_Cuidado _dijo. Cuando se entra en ese juego, siempre se sale perdiendo.

Paulo Coelho. A orillas del río Piedra me senté y lloré.

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