La parte de Dios: El Fundamento

“Todo cuanto hay en el cielo y en la tierra es tuyo, oh Señor, y este es tu reino. Te glorificamos porque tienes el control de todo lo que existe. La riqueza y el honor emanan solamente de ti, y tú eres el gobernador de toda la humanidad; tu mano controla el poderío y la potestad, y de acuerdo a tu voluntad es que los hombres adquieren la fama y reciben de ti el vigor” Rey David (1 Crónicas 29: 11-12 LBD)

Las Escrituras nos enseñan que hay dos partes diferentes en cuanto al manejo del dinero: La parte que desempeña Dios y la parte que desempeñamos nosotros. Creo que la mayor confusión relacionada con el manejo del dinero surge del hecho de que estas dos partes no se entiendan.

La parte de Dios es el fundamento del contentamiento. En la Escritura, Dios se refiere a Él mismo con más de 250 nombres. El nombre que mejor describe la parte de Dios en cuanto al dinero es Señor. Nuestra manera de ver a Dios determina cómo vivimos. Por ejemplo, después de perder a sus hijos y sus posesiones, Job aún podía adorar a Dios. Reconocía el papel de Dios como Señor de esas posesiones. De igual manera, Moisés abandonó los tesoros de Egipto y prefirió sufrir malos tratos con el pueblo de Dios. Tanto Job como Moisés conocían al Señor y aceptaron su papel como Señor.

Examinemos lo que la Biblia dice acerca de la parte que desempeña Dios en tres cuestiones fundamentales: Propiedad. Control y Provisión.

PROPIEDAD

La Biblia dice claramente que Dios es dueño absoluto de todo: “De Jehová es la tierra y su plenitud” (Salmo 24:1). Las Escrituras aún revelan cosas específicas que son propiedad de Dios. Levíticos 25:23 lo identifican como el dueño de la tierra: “La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra es mía”. Hageo 2:8 nos revela lo siguiente: “Mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos”. Y en el Salmo 50:10 el Señor nos dice: “Mía es toda bestia del bosque, y los millares de animales en los collados”

El Señor es Creador de todas las cosas, y nunca ha transferido la propiedad de su creación al hombre. En Colosenses 1:17 encontramos: Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten”. En este mismo instante todas las cosas subsisten porque el Señor las sostiene con su poder. El reconocer que Dios es propietario es crucial para permitir a Jesucristo ser el Señor  de nuestro dinero y de nuestras posesiones.

¿Posesión o Señorío?

Si vamos a ser verdaderos seguidores de Jesucristo, debemos entregarle el control de todos nuestros bienes. “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:33). En mi propia experiencia, he encontrado que a veces el Señor nos prueba pidiéndonos que renunciemos a aquello que es la posesión más valiosa para nosotros.

Un ejemplo más vivo de esto es cuando el Señor le dijo a Abraham: “Toma a tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, (…) y ofrécelo allí en holocausto” (Génesis 22:2). Cuando Abraham obedeció, demostrando su disposición de entregar su posesión más amada, Dios proveyó un carnero como sustituto para la ofrenda, y a Isaac no le pasó nada.

El reconocido autor Larry Burkett observó: “Cuando reconocemos que Dios es el propietario de todo, cada decisión en cuanto a cómo gastar nuestro dinero se convierte en una decisión espiritual. Ya no le preguntamos: “Señor, ¿qué quieres que haga mi dinero?”, sino que decimos “Señor,  qué quieres que haga con tu dinero?. Cuando tenemos esta perspectiva, las decisiones en cuanto a cómo gastar y ahorrar son tan espirituales como las decisiones que tienen que ver con el dar.

El primer paso hacia el contentamiento

Para aprender a tener contentamiento, usted tiene que reconocer que Dios es el dueño de todas sus posesiones. Si cree que usted es dueño siquiera de una sola posesión, entonces las circunstancias que afectan esa posesión se reflejarán en su actitud. Si algo favorable le ocurre a esa posesión, usted se sentirá feliz. Pero si algo malo le ocurre, usted no tendrá contentamiento.

Después de que Jim Seneff pasó por el proceso de transferir todas sus posesiones a Dios, se compró un auto nuevo. Hacía solo dos días que lo tenía cuando un joven chocó uno de sus lados. La primera reacción de Jim fue: “Pues bien, Dios, yo no sé por qué quieres esa abolladura en tu auto nuevo, pero allí la tienes, ¡y es bien grande!”. De manera similar, cuando Juan Wesley se enteró de que un incendió había destruido su casa, exclamó: “La casa del Señor se ha quemado. ¡Una responsabilidad menos para mí!”

Y sin embargo, no es fácil mantener esta perspectiva consistentemente. Es demasiado fácil pensar que las posesiones que tenemos y el dinero que ganamos son totalmente el resultado de nuestras capacidades y logros. Encontramos difícil no creer que hemos ganado el derecho de propiedad. “Yo soy el Señor de mi destino”, dice el humanista. “Yo exclusivamente soy dueño de mis posesiones”. Es obvio que esta perspectiva de las posesiones es que prevalece en nuestra cultura.

Renunciar a nuestro derecho de propiedad no es fácil, ni es una transacción que se hace una sola vez en la vida. Constantemente necesitamos que se nos recuerde que Dios es dueño de todas nuestras posesiones.

CONTROL

La segunda cosa que Dios se reservó como su responsabilidad es el control absoluto de cada evento que ocurre en la tierra. Examine varios de los nombres de Dios en la Escritura: Señor, Todopoderoso, Creador, Pastor, Señor se señores y Rey de reyes. ¡No hay duda que tiene el control!

“Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres el excelso sobre todo. Las riquezas y la gloria proceden de ti, y tú dominas sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos” (1 Crónicas 29:11-12).

El Salmo 135:6 dice: “Todo lo que Jehová quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en los abismos”. Y en Daniel 4: 34-35, el rey Nabucodonosor declaró: “Mas al fin del tiempo yo Nabucodonosor, alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades. Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y Él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?”

El Señor está en control aun en las circunstancias más difíciles “para que se sepa desde el nacimiento del sol y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz, y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto” (Isaías 45:6-7).

Para los hijos de Dios es importante darse cuenta de que el Padre Celestial dirige aun las circunstancias que parecen devastadoras para que sean de bendición a aquellos que lo aman. “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28)

Los tiempos más traumáticos que mi esposa Bev y yo hemos tenido en nuestro matrimonio fueron durante el proceso de adoptar a nuestro segundo hijo, Andrew. Recibimos a Andrew cuando apenas tenía cuatro días de nacido. Era un bebé extraordinariamente bello. Cuando tenía aproximadamente tres meses, nos dimos cuenta de que padecía algunos problemas físicos. Pasamos dos meses realizándole diverso exámenes con médicos que no podían ponerse de acuerdo en un diagnóstico preciso.
Finalmente, nos enteramos de que su madre natural había consumido drogas fuertes antes y durante el embarazo, y que Andrew había nacido con sólo parte de su cerebro. En nuestro gran dolor, repetidamente volvimos al hecho fundamental de que nuestro Padre Celestial amaba a Andrew aún más que nosotros, y que Dios lo quería confiar a nuestro cuidado por una temporada. Nos hicimos buenos amigos de los abuelos naturales de Andrew y nuestra familia aprendió cómo tener compasión para los incapacitados. Vimos cómo Dios proveyó para Andrew los mejores cuidados posibles, y experimentamos muchas bendiciones en medio de este tiempo de tantas emociones.

El Señor permite las circunstancias difíciles por tres razones:

1.- Para cumplir con sus propósitos. Esto lo vemos en la vida de José, a quien sus celosos hermanos vendieron cruelmente como esclavo siendo un adolescente. Muchos años más tarde, José les dijo a sus hermanos: “Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros. (…) Así, pues, no me enviasteis acá vosotros, sino Dios” (Génesis 45: 5,8)

2.- Para desarrollar nuestro carácter. El carácter santo, algo que es precioso a los ojos de Dios, a menudo se desarrolla en medio de tiempos de prueba. Romanos 5: 3-4 nos dice: “Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza”

A. W. Tozer dijo: “Dios no puede usar a una persona a su máximo, hasta que ésta esté profundamente herida”. Yo creo que esto es cierto. He aprendido lecciones de confiar en el Señor y acercarme a Él que jamás hubiera aprendido sin haber atravesado los tiempos de prueba.

3.- Para disciplinar a sus hijos. Cuando somos desobedientes, podemos esperar que nuestro Señor amoroso nos administre disciplina para motivarnos a abandonar nuestro pecado. Esto con frecuencia viene a través de las circunstancias difíciles.

“Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo (…) Y aquellos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero este para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia” (Hebreos 12: 6,10-11)

El Señor tiene el control absoluto sobre cada circunstancia que usted enfrenta. Puede estar contento y tranquilo al saber que su Padre Celestial tiene la intención de usar cada situación para un propósito bueno.

PROVISIÓN

El tercer elemento de la parte de Dios es que Él ha prometido proveer para nuestras necesidades: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas (comida y vestuario) os serán añadidas” (Mateo 6:33)
En Génesis 22: 14 se refiere a Dios como “Jehová-Jiréh”, que significa “el Señor proveerá”. Él cuida de su pueblo, y no necesita de una economía próspera para que se ocupe de él. Cada día le dio maná al pueblo de Israel durante los 40 años que anduvieron por el desierto. Jesús alimentó a 5000 personas con sólo cinco panes y dos peces.

Dios es tanto predecible como impredecible. Es totalmente predecible en cuanto a su fidelidad para proveer para nuestras necesidades. Lo que no podemos predecir es la forma en que el Señor proveerá. Él usa varios medios, en ocasiones sorprendentes, para suplir nuestras necesidades. Puede ser que aumente nuestros ingresos, nos provea un regalo o estire nuestros recursos limitados a través de ahorros en las compras. Sin importar los métodos que utiliza para proveer para nosotros, siempre se puede depender de Él.

1 Timoteo 6:8 dice que nuestras necesidades básicas son sustento y abrigo. En otras palabras, hay una diferencia entre nuestras necesidades y nuestros deseos. Una necesidad es algo básico para la vida: alimento, ropa y casa. Un deseo es algo más que una necesidad. Un apetitoso filete, un auto nuevo y la ropa de última moda son deseos.

La parte de Dios en ayudarnos a lograr contentamiento es que Él se ha obligado a proveer para nuestras necesidades. Sin embargo, no ha prometido proveer nuestros deseos. Él promete proveer para nuestras necesidades, y quiere que estemos contentos cuando estas necesidades estén cubiertas. “Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1 Timoteo 6:8)

Permítame ilustrar la provisión de Dios con esta historia verídica:

Cuando la Segunda Guerra Mundial estaba por terminar, los ejércitos aliados recogieron a muchos huérfanos hambrientos. Los pusieron en campamentos y los alimentaban bien. Pero a pesar del excelente cuidado, los niños estaban temerosos y no  dormían bien. Finalmente, un psicólogo encontró la solución. A cada niño se le dio un pedazo de pan para que lo llevara a la cama. Si todavía tenía hambre, se le daba más comida, pero cuando terminaba de comer, se le daba ese pedazo de pan intacto, no para comer sino para que lo guardase. Este pan extra produjo excelentes resultados. Los niños se acostaban con la seguridad de que tendrían qué comer al día siguiente. Esta garantía les daba una noche de sueño apacible y grato.

De manera similar, el Señor nos ha dado su garantía, nuestro “pedazo de pan”. Podemos vivir tranquilos y contentos si confiamos en su promesa de provisión para nuestras vidas. “Mi Dios suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19). Así que, aunque esté en medio de un problema económico grave, puede tener contentamiento porque el Señor ha prometido alimentarlo, vestirlo y cubrirlo.

Yo estoy convencido de que el Señor proveerá, justamente en el momento necesario, los recursos necesarios para que podamos cumplir el propósito y el llamado que Él tiene para cada uno de nosotros.

Del libro: Su Dinero Cuenta. Howard Dayton. Conceptos Financieros Crown.

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