¿Qué viste tú en Noemí?

Cuando leo el libro de Rut me asombra la forma en que se desenvuelve esta historia.
Ha variado mi perspectiva a través de los años. Antes veía a Rut, ahora observo a Noemí.

Me pregunto ahora qué pudo ver Rut en Noemí para que salieran de su corazón esas palabras tan conmovedoras;

“No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú vayas, iré yo, y donde tú vivas, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras, moriré yo, y allí seré sepultada; así me haga Jehová y aún me añada, que sólo la muerte hará separación entre nosotras dos” Rut 1:16-17 RV60

Cuando Rut pronuncia estas palabras Noemí está en completa ruina. Había formado su hogar, tuvo dos hijos, que al crecer, se casaron. Salieron de su país huyendo de una hambruna. Prosperaron en Moab; pero al pasar el tiempo, les alcanzó el infortunio también allá. Se muere su esposo. Se mueren sus hijos. Ella queda totalmente sola en un país extraño. Toda su vida se desvaneció ante sus ojos. Su mundo fue destruido y sin dejar ninguna forma de reconstruirse. Ya era vieja como para querer o poder levantar otro hogar al cual dedicarle su vida.

Está muy dolida y amargada, dicho por ella misma. Oye que en su país Dios ha comenzado a bendecir la tierra de nuevo y decide regresar. Despide a sus nueras para que vuelvan con sus padres y como son viudas jóvenes, les recomienda volver a casarse y tener hijos y cuidar de ellos.

Rut decide no abandonar a su suegra. Abandona su tierra, su parentela y sus dioses. La entrega que hace es absoluta. Sin vuelta atrás.

En el peor momento de Noemí, cuando su ánimo está amargado, cuando no tiene nada que ofrecer, Rut se ofrece a sí misma para cuidar de ella en su vejez.

Observando los tiempos de hoy es más extraño todavía, cuando ni siquiera los hijos creen que tienen algún deber para con sus padres.

En la respuesta que le da Rut a Noemí puedo vislumbrar la verdadera razón para que estos corazones se encuentren: Dios!

Dios es alguien que trasciende los tiempos, las edades, la cultura, los límites.
Cuando invitamos a Dios a participar en nuestras vidas, le reconocemos su señorío sobre toda su creación, él hace su obra gloriosa. Se pueden ir todos los seres queridos, Dios es eterno y terminará su obra que comenzó en cada uno de nosotros. Él tiene recursos ilimitados, el poder y la autoridad legítima para finalizar la obra que comenzó.

Uno de los secretos de Noemí para soportar y superar la prueba es que mantuvo su mirada puesta en Dios. Vio a Dios como el autor de lo bueno y lo malo que le sucedía. Como hizo Job en sus momentos más terribles. “Quiero hablar con Dios” eran las palabras de Job y parecen ser las mismas de Noemí. Dios es responsable de mi vida. Él me la dio y la sustenta.

“Yo me fui llena, pero Jehová me ha vuelto con las manos vacías. ¿Por qué me llamaréis Noemí, ya que Jehová ha dado testimonio contra mí, y el Todopoderoso me ha afligido?”

Dios es Soberano. Nada ni nadie se mueve sin su permiso.

Una figura aparece en este libro, una figura que el mismo Dios la instituyó porque hablaba de un futuro lejano, cuando tendría real manifestación para salvar a toda la humanidad:
El Redentor.

Al pasar los siglos vemos a Rut formando parte de la genealogía de Jesucristo. Un acto de amor, o muchos actos de amor, hicieron que una chica joven pudiera ver a través de otro ser humano el amor eterno de Dios. En los momentos más difíciles, cuando todo se acaba, Dios permanece. Las personas y las cosas viene y van, Dios se queda con nosotros. Nos consuela, nos enseña con paciencia lo que necesitamos saber para ir construyendo la vida bajo la dirección de él para que se cumpla su propósito eterno. Llegará el momento de entregar la obra que hemos hecho, y él la completará, aunque ya no estemos. Confía de todo corazón en él. No ha acabado su obra.  

 

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