Cambiando en el desierto

En los desiertos Dios no solo prueba la fe. Él pone a prueba todo lo que somos para ser mejores cada día, en las pruebas no tenemos nada, pues siempre estamos pidiéndole a Dios que responda a nuestras peticiones, pero nosotros no respondemos  a las que él nos hace a través de su palabra.

Las pruebas se basan en esperar, tener confianza y fe, pero estamos a la expectativa de lo que Dios nos va a dar o de lo que pase a nuestro alrededor y no tomamos en cuenta lo que pasa dentro de nosotros y lo que tenemos que dar.

Los desiertos no son solo para fortalecer nuestra área espiritual, a Dios le interesa todo lo que tiene que ver con nosotros, y en vez de cuestionarlo por lo que  nos está pasando, no nos autoevaluamos y analizamos qué debemos cambiar.

El desierto va más allá de no tener dinero, va más allá de la crisis en la familia, más allá de la enfermedad. Va hasta lo más profundo de nuestro ser, de nuestra alma, de nuestro corazón y hasta los huesos. “Porque será medicina a tu cuerpo y refrigerio para tus huesos” (Proverbios 3:6 RV60)

Buscamos primero el cambio de las circunstancias externas, poniendo nuestra confianza en ellas, creyendo que eso nos va a hacer cambiar para bien lo que llevamos dentro.

El trabajo de Dios en nuestra vida es totalmente contrario, el cambio comienza desde adentro y luego se ve reflejado en el exterior.
Esta es  una de las claves de los desiertos, así como pedimos provisión pidamos revelación de qué es lo que Dios quiere que dejemos en ese desierto, para que al llegar a la tierra prometida no carguemos con basuras.

“No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera sea mi situación. Sé vivir humildemente y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como par tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad (Filipenses 4:11-12)

Existen muchas personas que toda su vida ha sido un eterno desierto, nunca han salido de ellos, aun conociendo de Dios, pero el problema está en que no han aprendido o no se han dejado enseñar por Dios. Así cuando estamos en la universidad con una clase difícil no prestamos atención, no estudiamos, no aprendemos, perdemos el semestre y nos toca repetirlo; y ahí nos quedamos hasta que saquemos una calificación satisfactoria, poniendo en práctica lo aprendido, así sea que nos toque a la fuerza, pero si queremos terminar debemos hacerlo.

Pablo había aprendido que su felicidad no dependía de las circunstancias externas, sino que dependía de Dios; había cambiado muchas cosas de su vida para seguir al Maestro, y aprendió de cada circunstancia, sacando provecho de ellas y lo que marcó la diferencia en su vida no fue la cantidad de desiertos que pasó, sino en el hombre ejemplar en el cual se convirtió dando testimonio de ello.

Jessica Terán – Destellos de su gloria

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