Y no hay nada que valga la pena si no estás Tú
No hay lugar al que quiera ir si no vienes Tú
Soy como un caracol sin casa si camino lejos de Ti

Y no hay sitio al que pueda acudir, no hay abrigo sin Ti
No hay refugio ni amparo porque sólo Tú…

Me guardarás en la tormenta
Me protegerás mientras escampa
Tú me curarás, me esconderás
hasta que vuelva a caminar

Y no hay nada en mi cuenta que yo pueda ofrecer
Debo mucho más de lo que pueda prometer
Y si usaste una piedra muerta en la honda de aquel pastor

Digo yo, que quizá Tú me puedas dar forma, sentido,
propósito y rumbo porque sólo…

Un segundo ante Ti lo cambia todo
Un instante ante Ti, todo daría por verte sonreír 
y oírte decir que me quieres junto a Ti

Tú me me sostendrás en la tormenta
Me protegerás mientras escampa
Tú me curarás, me esconderás
hasta que vuelva a caminar

Un segundo ante Ti lo cambia todo
Un instante ante Ti, todo daría
por verte  sonreír y oírte decir
que me quieres junto a Ti

//Que me quieres junto a Ti//

Marcos Vidal

@emldg

“¿Quién se queda con el hijo?”

Se cuenta que un hombre rico y su hijo sentían gran pasión por el arte.
Tenían de todo en su colección: desde Picasso hasta Rafael.
A menudo se sentaban juntos a admirar aquellas grandes obras.
Lamentablemente el hijo perdió la vida en una guerra.
Murió en una batalla mientras rescataba a otro soldado.
Al padre le dolió profundamente la muerte de su único hijo.
Pasado un mes de recibir la trágica noticia, el padre oyó que alguien
tocaba a la puerta.

_Señor, usted no me conoce _explicó el joven que traía un paquete
en las manos; yo soy el soldado por quien su hijo dio la vida.
Él salvó a muchos ese día; y a mí me estaba llevando a un lugar
seguro cuando una bala le atravesó el pecho y lo mató al instante.
Su hijo hablaba con frecuencia de usted y de su amor por el arte.
Sé que esto no es mucho _continuó, y le entregó un paquete_.

El padre abrió el paquete y vio que era el retrato de su hijo,
pintado por el soldado.
Era impresionante cómo había logrado reproducir en la pintura
la personalidad de su hijo.
Al padre le atrajo tanto la expresión de los ojos de su hijo que
suyos se llenaron de lágrimas.
Le dio las gracias al joven soldado y quiso pagarle el cuadro.

_¡Oh no, señor, yo nunca podría pagar lo que su hijo hizo por mí!
Es un regalo.

El padre colgó el retrato encima de la repisa de la chimenea.
De ahí en adelante a cada invitado que llegaba le mostraba aquel
retrato de su hijo antes de mostrarle su famosa galería.

Cuando murió aquel hombre, se anunció una subasta de todas
las pinturas que poseía.
Muchas personas importantes e influyentes acudieron con
grandes expectativas de adquirir un famoso cuadro de la colección.

Sobre la plataforma estaba el retrato de su hijo.

_Empezaremos la subasta con este retrato del hijo _anunció
el subastador luego de golpear el mazo.
_¿Quién ofrece cien dólares?

Hubo absoluto silencio. Todos querían ver las obras maestras,
que representaban una valiosa inversión para sus propias colecciones.

El subastador insistió, pero nadie ofreció nada.
Todos comenzaron a inquietarse.

_El hijo _señaló el subastador _. ¿Quién se queda con el hijo?

Por último, desde la parte de atrás del salón se oyó la nerviosa voz
del jardinero:
_Diez dólares.

El hombre era muy pobre; no podía ofrecer más.

El subastador golpeó por fin el mazo, y dijo:
_Está bien; ¡vendida por diez dólares!

Luego, ante el asombro general, el subastador pidió disculpas
y explicó que la subasta había 
concluido, pues en su testamento
el dueño había estipulado que solamente la pintura del hijo
sería subastada, y que la persona, y que la persona que se quedara
con ella heredaría todas las demás posesiones, incluso su colección
de arte.

Al igual que el hijo de aquel hombre, Jesucristo, el hijo de Dios
el Padre Celestial, también dio su vida, pero no por un sólo hombre
sino por toda la humanidad.
Y el que se queda con Él, se queda con todo, porque el que tiene al Hijo,
tiene vida abundante y eterna (Juan 3:36; 10:10).

Un Mensaje a la Conciencia. 26 Octubre 2018

@emldg

De nuestra herida viene nuestra gloria

Tengo una pintura favorita en mi oficina, una reimpresión de My Bunkie, de Charlie Schreyvogel. Es una escena del calvario de cuatro soldados, hecha al estilo occidental de Remington. La acción es un rescate; aparentemente han disparado al caballo de uno de los jinetes, y tres hombres galopan para recogerlo. En primer plano, al soldado en problemas lo están poniendo en las ancas del caballo de su compañero (su “bunkie”), mientras los otros dos los protegen con rifles. Me encanta esta escena porque eso es lo que quiero hacer y ser; quiero cabalgar hacia el rescate de aquellos que han caído porque le han disparado. Pero sentado en mi oficina un día, Dios empezó a hablarme acerca de la pintura y de mi papel en ella. No puedes ser el hombre que rescata, John, a menos que seas el hombre sin caballo, el que necesita ser rescatado.

Así es. La verdadera fortaleza no sale de las bravuconadas. A menos que estemos deshechos, nuestra vida será egocéntrica e independiente; nuestra fortaleza será nuestra propiedad. Mientras usted se crea realmente algo exclusivo y de usted mismo, ¿para qué necesita a Dios? No confío en un hombre que no ha sufrido; no dejo que se me acerque un hombre que no ha enfrentado su herida. Piense en los fingidores que conoce, ¿son la clase de hombre que usted llamaría a las dos de la mañana, cuando la vida se esté derrumbando a su alrededor? No yo. No quiero clichés, quiero verdad profunda y conmovedora, que sólo llega cuando un hombre ha andado en el camino del que he estado hablando.

Buecher dice:
Hacer por nosotros mismos lo mejor que tenemos por hacer (rechinar los dientes y apretar el puño para sobrevivir al mundo en lo más duro y difícil) es, por ese mismo acto, ser incapaces de dejar que algo se haga para nosotros y en nosotros, que es aun más maravilloso. El problema con armarse de valor contra el rigor de la realidad es que ese mismo temple que nos protege contra la destrucción de la vida, también protege la vida para no ser receptivos y transformado (El viaje sagrado).

Sólo cuando entramos en nuestra herida descubrimos nuestra verdadera gloria.
Así lo dice Bly: “Donde está la herida de un hombre, allí es donde está su genio”
Existen dos razones para esto. Primera, la herida se ha dado en el lugar de su verdadera fuerza, como un intento para eliminarlo a usted. A menos que vaya allá, aún está fingiendo, ofreciendo algo más superficial e insustancial. Y por tanto, la segunda razón: es de su aflicción desde donde usted descubre lo que tiene para ofrecer a la comunidad. El falso yo nunca es totalmente falso. Esos dones que hemos usado son a menudo bastante ciertos acerca de nosotros pero los hemos usado para escondernos detrás. Pensamos que el poder de nuestra vida está en el bate dorado, pero el poder está dentro de nosotros.
Cuando empezamos a ofrecer no sólo nuestros dones sino nuestros verdaderos yo, es entonces cuando nos volvemos poderosos. Es entonces cuando estamos listos para la batalla.

Salvaje de corazón. John Eldredge. Unilit.

@emldg

En la prisión

“Y tomó su señor a José, y púsole en las casa de la cárcel…
pero Jehová estaba con José… y lo que él hacía,
Jehová lo prosperaba”
(Génesis 39:20, 23)

Cuando Dios permite que nos metan en la prisión porque
le hemos servido y va allí con nosotros, entonces
la prisión es el sitio más bendito en que podemos estar.
José, parece ser que experimentó esto.
Él no languideció, ni se desalentó, ni mostró ninguna rebeldía
“aunque todas las cosas, estaban contra él”
Si le hubiese acontecido esto, el carcelero nunca hubiese
confiado en él.
José, parece ser que ni aún sintió compasión de sí mismo.

Recordemos, que si permitimos que entre en nosotros
el compadecerse uno de sí mismo, éste es nuestro fin,
hasta que lo arrojemos por completo.
José lo transformó todo en una confianza alegre en Dios,
y así el carcelero de la prisión le confió todo a José.

Señor Jesús, cuando las puertas de la prisión se cierren
detrás de mí, guárdame en un estado de confianza,
y haz que no solamente guarde mi gozo, sino auméntalo.
Haz que tu trabajo prospere por medio de mí en la prisión:
aún en la misma prisión, hazme verdaderamente libre.
Seleccionado.

“He aprendido a amar la aflicción de la oscuridad,
allí se puede ver el esplendor de Su rostro”
Madame Guyon

Octubre 12. Manantiales en el Desierto.
Editorial Mundo Hispano. 1979.

@emldg

Confía en Dios

“¿Quién hay entre vosotros que teme a Jehová, que obedece a la voz de su siervo?
El que anda en tinieblas y carece de luz , confíe en el nombre de Jehová, apóyese en su Dios” (Isaías 50:10)

Los tiempos de tinieblas vienen también al discípulo fiel y creyente que camina obediente por la senda de la voluntad de Dios.
Hay tiempos cuando él no sabe qué hace o qué camino tomar.
El cielo está oscurecido con nubes.
La luz clara Celestial no ilumina su senda.
Se siente como si tuviese que atravesar su camino a tientas por la oscuridad.

Querido amigo, ¿te encuentras en esta situación?
¿Qué es lo que el creyente debe de hacer en tiempos de oscuridad?
¡Escucha!
“Déjale que confíe en el nombre del Señor, y que se eche en los brazos de su Dios”

Lo primero que tiene que hacer es: nada.
Para la pobre naturaleza humana, esto es una cosa muy difícil de hacer.
En el occidente circula un proverbio que quiere decir,
“Cuando no sabes lo que hacer, no lo hagas”

Cuando te abalanzas hacia un dique de tiniebla espiritual, no trates de quebrantarlo a la fuerza; sino acorta la velocidad de la maquinaria de tu vida.
Si es necesario, ancla tu barca o déjala que se balancee amarrada.
Simplemente, lo que tenemos que hacer es confiar en Dios.
Mientras confiamos, Dios puede obrar.
El atormentamiento impide que Él haga algo por nosotros.
Si nuestras mentes están perturbadas y nuestros corazones afligidos;
si las tinieblas que nos cubren nos causan espanto;
si corremos de aquí para allá haciendo esfuerzos vanos para encontrar una salida del lugar de prueba en que nos encontramos y donde hemos sido colocados por la providencia Divina, entonces el Señor no puede hacer nada por nosotros.

La paz de Dios, necesariamente tiene que sosegar nuestras mentes y dar descanso a nuestros corazones.
Debemos dar nuestra mano a Dios, como hacen los niños pequeños, y dejar que Él nos conduzca a la luz esplendorosa del sol de Su amor.

Él conoce el camino por los bosques.
Así que colguémonos en Sus brazos y confiemos en que Él nos sacará por el camino más corto y más seguro.
Dr. Pardington.

Recuerda, que cuando no sabemos conducir, nunca nos falta un Piloto.

Octubre 7. Manantiales en el Desierto. Editorial Mundo Hispano. 1979. 

¡Adora sólo a Dios!
(Apocalipsis 19:10; 22:9)

@emldg